Generosidad en el perdón

GENEROSIDAD EN EL PERDÓN

¿No os ha pasado alguna vez que habéis metido la pata en algo y cuando habéis caído en la cuenta de vuestro error y habéis tratado de pedir perdón y arreglarlo ha sido peor el remedio que la enfermedad? A mi sí: varias veces, y la última vez no hace mucho.

Fue un mal trago: hice algo que reconozco que no estuvo bien, y cuando me dijeron lo que había hecho mal… pensé inmediatamente en pedir perdón y disculparme. La persona que había sido perjudicada por mi error, que -dicho sea de paso- fue involuntario… estaba indignadísima y muy acelerada. Bien… en un primer momento entendí su enfado, pero pensé que se le iría pasando y traté de hablar con ella y calmarla. Además… reconocí mi error, le dije que lo sentía muchísimo, que estaba arrepentida y le pedí perdón. Pues… ¡casi fue peor! Cada vez se enfurecía más, me acusó de mentir y de que mi arrepentimiento no era sincero, así que -finalmente- opté por callarme y dejarlo estar, y tomé una distancia prudencial experimentando tristeza y una gran impotencia. Esperemos que el tiempo vaya calmando las cosas, porque a día de hoy todavía no puedo dirigirle la palabra a esa persona.

La cuestión es que todo esto me ha hecho pensar y revisarme a mi misma en mis actitudes cuando algo así sucede. ¿Cómo reacciono yo? ¿soy generosa y magnánima cuando alguien me pide perdón, o soy mezquina y tacaña y me dedico a humillar y a ofender a quien se acerca reconociendo sus errores? Muchas veces nuestra reacción ante un mal que nos han hecho, ante una ofensa, puede ser peor que el mismo mal que nos han hecho. Y una mala reacción nos hace más daño y nos amarga más la vida que la ofensa recibida. No es tan dañina la ofensa, cuanto nuestra reacción ante la misma.

Esto es como todo: vamos a intentar ponernos en el lugar del otro y comprender que todos cometemos errores y todos necesitamos del perdón y la comprensión de los demás. Es importante entender que nadie es tan perfecto que no vaya a necesitar nunca ser perdonado y que, cuando uno comete un error y pide perdón, experimenta tristeza, malestar, apuro… es propio de un corazón grande y generoso aligerar a quien nos ha hecho daño o nos ha ofendido de ese peso, que se llama culpabilidad. Aligerarlo, hacérselo llevadero y restarle importancia al mal que ha causado, centrando nuestra atención y la de todos en el gesto del perdón, que es mucho más importante que la ofensa misma.

Cuando una persona reconoce sus errores progresa y se engrandece y si los que la rodean son capaces de comprender el gesto y de arroparla, crecen también. Si por el contrario respondemos con mezquindaz cuando alguien nos pide perdón, humillamos y avergonzamos a quien se acerca a nosotros esperando benignidad e indulgencia, causamos un mal mayor que el que nosotros hemos recibido, y una gran afrenta.

Seamos magnánimos y generosos en nuestro perdón, devolviendo siempre alegría, una sonrisa y paz a quien se acerca a nosotros solicitando comprensión y expresando su bochorno y arrepentimiento por el error cometido. Aprovechémonos del mal que ya está hecho para sacar bien: que aflore lo mejor de nosotros mismos y demostremos una vez más a la sociedad y al mundo que el corazón del hombre es grande y capaz del bien, y está repleto de tesoros por descubrir y sacar a la luz. Nunca es tan grande el hombre como cuando pide perdón y a la misma altura ha de estar el que lo otorga: debe hacerlo con gratuidad, generosidad, alegría y pasando página para siempre, sin reproches ni recriminaciones de ningún tipo, sino exteriorizando la alegría de concluir para siempre un capítulo desafortunado de su vida.

Madre Olga María del Redentor, cscj