La fidelidad a la propia conciencia

LA FIDELIDAD A LA PROPIA CONCIENCIA

Una de las cosas más difíciles desde siempre, pero quizás hoy en día más aún, es ser fieles a la propia conciencia. Si la fidelidad no es una palabra de moda, ni un valor al alza en la sociedad actual… pues imaginad si -además- la queremos aplicar a la propia conciencia. ¡Nada! Nos hallamos ante un emparejamiento fatal.

Ser fiel a la propia conciencia… ¡¡ufff!! Eso suena complicado: ¿de qué va? Pues va de vivir en coherencia y respetando las exigencias éticas más profundas de nuestro corazón. Esto no es lo mismo -¡ni mucho menos!- que vivir a golpe de impulsos y corazonadas; ser impulsivo y moverse por la última impresión recibida no es nada bueno y nos conducirá -con toda seguridad- a cometer muchísimos errores, fruto de la irreflexión.

Ante una realidad x, la que sea, hemos de detenernos serenamente y contemplarla con paz, y mirar lo que nos dice esa realidad interior que todos llevamos innata y que nos enseña a diferenciar el bien del mal, que se llama conciencia. Y después… pase lo que pase… atender a ese requerimiento de nuestra conciencia, aunque pueda no coincidir con nuestros deseos, nuestras “ganas” y nuestra sensibilidad actual.

Con mucha frecuencia nos vamos a encontrar con que lo que nos “apetece” hacer va en contra de lo que nuestra conciencia nos indica: en ese caso… ¿qué hay que hacer? Pues de momento aprender a diferenciar que en nuestro interior conviven nuestra sensibilidad y nuestra conciencia, y apostar siempre por seguir los dictados de esta última, porque de lo contrario…

Pongamos un ejemplo muy simplón, pero muy gráfico: una persona hace o dice algo que te molesta y te incomoda y lo primero que te nace de dentro es darle una mala contestación y una bofetada. Si eres medianamente normal frenas ese impulso y no lo haces, al menos lo de la bofetada. ¿Por qué lo frenas? Porque en esa lucha interna entre lo que te sale hacer (tu impulso primero) y lo que tu conciencia te dice (que no puedes darle un guantazo así porque sí, aunque te mueres de ganas de dárselo) ha vencido tu buena conciencia. Si no nos esforzamos por seguir los dictados de nuestra conciencia, de esa búsqueda innata del bien, de lo moralmente bueno, y nos dejamos arrastrar por nuestros impulsos y vivimos a golpe de sensibilidad: arrebatos, corazonadas, apetencias, sentimientos… iremos perdiendo lo que nos diferencia de los animales, que es la razón frente a los instintos, y cada vez seremos menos libres y menos personas, cada vez más bestias y más animales.

Perdonad si os parezco un tanto brusca en mis expresiones, pero es que esa es la verdad de lo que está sucediendo cada vez con más frecuencia y de la misma manera que entendemos que no podemos darle una bofetada al de al lado cada vez que nos apetezca dársela, hemos de entender que no podemos tampoco dejarnos llevar por otros impulsos y arrebatos en otros aspectos de nuestra vida y de nuestras relaciones humanas. El criterio a seguir es el mayor bien particular y colectivo, aunque no coincida con mis “apetencias” o mis “sentimientos”. El Bien es un valor que, como la Verdad, no cambia, no es variable ni relativo, sino un valor objetivo y concreto y mi conciencia se inclina a él. Mi sensibilidad no es un criterio a seguir, y es variable, voluble y relativo.

Tengamos esto claro y apostemos por ser fieles a la propia conciencia por encima de los engaños de la sensibilidad, te entiendan o no te entiendan quienes te rodean, que eso ya… es harina de otro costal.

M. Olga María, cscj