Pidiendo la santidad

PIDIENDO LA SANTIDAD

El corazón del niño pide, demanda, exige. Primero hay un mandato por parte de Dios: “Sed santos como yo soy santo”. Dices:

– Vale, estupendo pero, ¿tú me has mirado bien? Como voy a ser yo santo. Como Tú eres santo, yo ¿Tú me has mirado bien? ¿Has visto cómo soy?

El niño, si le dicen que hay que hacer una cosa no se pone a hacer consideraciones de si has visto cómo soy yo, que soy un renacuajo. No. Al niño le dicen: “Hay que hacer tal cosa”. Y el niño se vuelve y dice: “Dame”. Porque el niño sabe que su padre tiene. Además el niño pide y exige: “Dame”. ¿Qué me tienes que dar? Santidad. Tú mismo vas a ser mi santidad. Yo no tengo. Entonces… si quieres que yo juegue a esto, si quieres que yo haga esto: “Dame”. Y el niño no pide diciendo: “Dame si quieres”. Sino que dice: “Dame”. Y pide y quiere con todas sus fuerzas lo que quiere.

Confianza inquebrantable

Otra de las cosas que tiene el niño es la confianza inquebrantable en su padre.

– Es que mi padre lo arregla todo. Mi padre lo puede todo.

Esto es así. Al niño nunca le vas a quitar de la cabeza que su padre es lo más de lo más. Tiene una confianza inquebrantable, y es un ser absolutamente dependiente. Y no se hace problema por depender de su padre. Al contrario: descansa y vive tan tranquilo sabiéndose dependiente de Dios. La confianza, el abandono, son la vivencia de esa dependencia de Dios, y le llenan de paz.

Vive totalmente despreocupado: el niño no piensa ni un minuto en lo que va a hacer mañana. Ni dentro de dos horas. Vive ahora. Esto. Y si tiene cualquier dificultad no se agobia. No hace un gran problema. Va. Lo mismo que dice: “Dame”, dice: “Toma, arréglalo”. Y se despreocupa. Suelta el problema, se le rompe un juguete y se le puede sorprender llorando, pero no se agobia. Inmediatamente dice: “Bah. Papá lo arregla”. Se lo lleva a su padre y le dice: “Arréglamelo”.

Y tampoco se queda esperando a que se lo arreglen. Se va y sigue jugando con otra cosa. No hay más problema. Sigue viviendo su presente. Se despreocupa de lo que ya está roto. Porque lo que ya está roto ya se rompió, y ya se lo ha dado a quien lo va a arreglar. Entonces… ni se queda a esperar, ni se queda a preguntar, ni se queda a cuestionarse, ni mucho menos a llorar ni lamentarse por lo que se ha roto. Sigue jugando con otra cosa.

Esa es otra de las características de los niños, que todo esto, por supuesto, cuando llegamos a la madurez humana, cristiana, espiritual, psicológica y todas esas tonterías que cuentan… ¡se acabó! Lo peor que nos puede pasar en la vida de la fe es hacernos adultos. Y… en las demás cosas de la vida quizás seamos súper-inmaduros. Pero en cuestiones de fe somos todos de una adultez, de una madurez y de una idiotez… ¡tremendas! Todo está clarísimo, todo está controlado. Todos somos lógicos y muy razonables. Todo hay que entenderlo. No se pueden hacer cosas raras. Moderados, nada extremosos… Todo lo contrario de lo que es un niño. Entonces dejamos de ser niños, con lo cual nuestro camino hacia la santidad decae. En realidad cae en picado.

Totalmente dependientes

Otra de las características del niño y del corazón evangélico, es ser absolutamente dependientes. El niño acepta recibir todo. Cuando el ofreces a un niño un caramelo y te dice: “No, muchas gracias”, educadamente. ¡Jamás! Hablamos de un niño normal, claro. Si es un niño rarito… A un niño normal tú ofrécele un chuche, y hay que decirle: “Da las gracias”.

Y… sí, te da las gracias, pero te dice: “Si me das más mejor”. Sin problema. Nosotros somos tan sumamente tontos que nos da vergüenza recibir. Decimos muy educadamente: “Muchas gracias”. Te estás muriendo de sed, y dice: “No, muchas gracias”. Además de orgulloso, tonto.

Dios nos está dando continuamente regalos. Y en vez de abalanzarnos sobre ellos, muchas veces decimos… “No, no. Muchas gracias, pero no, no, no me hace falta”. Y somos así de absurdos ya sí de incoherentes. Los niños aceptan recibir. Conocen el don de Dios, intuyen todo lo bueno que hay. Y no solamente lo aceptan, sino que lo procuran y lo posibilitan, y si no… lo piden. Prueban y dicen: “Esto es fenomenal, dame más”. No tienen ningún pudor en pedir. Cuando nos hacemos adultos y maduros pues… “Yo soy autosuficiente, yo me gano la vida, yo me gano mi sustento. Yo soy perfectamente capaz de sostenerme a mí misma y no necesito que nadie me dé más. Yo me las se apañar…”

Humildad verdadera

El niño es humilde. Y cuando digo que es humilde… es que es verdaderamente humilde. No es un ñoño que va encogido por el mundo diciendo que es lo peor de lo peor, que es muy tonto, que es muy pecador, muy inepto… Eso no es ser humilde. Es ser mentiroso y ser idiota, porque el que dice eso no se lo cree. Quien lo dice espera un desmentido o lo hace por aparentar, pero nadie de verdad se cree eso. Y el que se lo cree… no lo va cacareando. El que de verdad se siente lo más bajo, lo peor de lo más… se calla. No lo está diciendo por ahí. No lo pregona.

El niño es humilde en el sentido de que es consciente de que no puede muchas cosas, pero no le supone ningún problema. ¿Hay que coger una cosa, que está en un lugar alto? -Yo no llego. Mamá me lo coge o papá me lo coge, o cualquiera que pase por aquí y sea alto y pueda, estira un brazo, no le supone ningún esfuerzo. Cógemelo y dámelo.

Alguna vez puede tener la ocurrencia de intentar encaramarse en algún sitio para coger aquello, pero cuando la cosa se complica… espera que pase alguien y que me lo coja. El niño no tiene inconveniente en reconocer que no alcanza, que es pequeño. Pero lo dice sin amargura. Es así: es mi realidad. No lo dice encogido, cariacontecido y además no se queda en… “No alcanzo” sino que se centra en “Ayúdame, házmelo”. Pide ayuda. No se hace problema.

Acepta espontáneamente su condición, su pobreza radical, pero no la ve como algo negativo, porque tiene confianza. Y sabe que lo que él no puede, alguien lo puede hacer. Su impotencia no le angustia. Por eso digo que el niño es humilde, porque acepta su realidad serenamente, sin dramas, sin tragedias.

Cosa que los adultos no solemos hacer porque no somos humildes. Hay gente que entiende la humildad como ir encogido por el mundo, con una cara gris, rezumando amargura por todos los poros… un himno a la alegría, vamos… ¿Qué ha hecho que la humildad esté contrapuesta a la alegría? Una persona humilde y confiada, que sabe con toda seguridad que se le va a dar todo, pues… no cabe en ella ni la amargura. Vive feliz. Vive descansado.

M. Olga María, cscj