Año nuevo, vida nueva

AÑO NUEVO, VIDA NUEVA

Retomar la vida “normal” después de Navidad supone para muchas personas un momento de crisis”. El día de Reyes me decía una señora que le parecía tristísimo que se acabaran las fiestas navideñas porque significaba que tenía que volverse a enfrentar a lo de siempre y a la realidad de sus dificultades familiares. Me decía que tendríamos que vivir siempre en una continua Navidad, con dulces, turrones y regalos. Yo… la verdad es que no le presté mucha atención en ese momento, pero recordando esa conversación y reflexionando después, me quedé no sé cómo… en parte perpleja y en parte con pena de no haberle dicho algunas cosas al respecto, y por eso voy a aprovechar para decirlas ahora aquí.

Lo primero de todo es que la Navidad es mucho más que un tiempo de dulces, lotería, regalos y luces. Para los creyentes es el tiempo de celebrar el nacimiento de Cristo, y aunque no se tenga fe… al menos la Navidad ha de ser un tiempo de paz, de concordia, de fraternidad… como mínimo un tiempo para fortalecer los vínculos humanos con familiares y amistades. Un momento especialmente indicado para revisar y sanear nuestras relaciones con las personas de nuestro entorno más cercano.

Y lo segundo -y creo que esto es más importante que lo anterior- es que no podemos refugiarnos en la Navidad, o en cualquier otra cosa, para vivir fuera de la realidad, evadiéndonos, autoengañándonos, y no viviendo, sino sobreviviendo. No hemos nacido para sobrevivir, sino para vivir y vivir en plenitud. Y esto significa mirar la vida de frente y en su totalidad. No vale maquillarla y camuflarla; no vale escondernos y huir; tampoco se puede mirar para otro lado y negar la realidad.

Vivir de verdad significa mirar la vida de frente y sin miedo, confiando y descansando en las personas que nos aman y a las que amamos. Asumiendo que hay dolor y sufrimiento, pero que eso no es incompatible con la felicidad.

Si tenemos una dificultad, un problema, de nada sirve negarlo o disfrazarlo. Hay que coger el todo por los cuernos y plantarle cara serenamente. Tenemos que conocer ese reto que coexiste conmigo y que es parte de mí y de mi vida. Es importante conocerlo para saber cómo tratarlo: negarlo no arregla nada, sino que lo empeora todo bastante. Conociendo los baches del camino los sortearé mejor, sabiendo dónde hay que poner los pies.

Y -una vez conocido el adversario- queda la siguiente pregunta: el problema en sí ¿tiene arreglo? ¿hay solución? Si la respuesta es “si”… pongámonos a ello con todas nuestras fuerzas; si la respuesta es “no”… entonces respiremos hondo y serenémonos. Aceptemos la vida como es y no como la soñamos y dejemos de dar coces contra el aguijón, porque sufre mucho más quien pisa las espinas de su camino, que quien las besa. Es preciso que abracemos la realidad tal como es y que lo hagamos cuanto antes y con paz. Si a eso le podemos añadir amor y alegría… ¡nos quedaría redondo!

La cuestión es no evadirse y mirar hacia otro lado y permanecer sobreviviendo entre mentiras. Me da pánico que nos podamos instalar en la mentira sutil de negar las dificultades y dolores de la vida; eso es de una mediocridad imperdonable: no hemos nacido para eso, sino para vivir y vivir de verdad, saboreando cada instante intensamente y dando lo mejor de nosotros mismos para las personas amadas y apostando por ideales elevados que nos llenen de plenitud y sentido. Ya sabeis… Año nuevo, vida nueva.

M. Olga María, cscj