Superdotados

SUPERDOTADOS

El viernes pasado os contaba de la Película “Campeones” y lo que supuso para mí, sobre todo como aldabonazo personal al fondo del corazón, despertando en mí un montón de cosas buenas. A raíz del artículo me enviaron un enlace de un programa que -entre otras cosas- entrevistaba a Javier Fesser, el director de la película, que afirmaba que estos discapacitados intelectuales son, sin duda, “superdotados emocionales”. Tengo que decir que estoy absolutamente de acuerdo y que, nuevamente, me han tumbado.

Efectivamente: en una sociedad en la que los superdotados son valoradísimos… ellos lo son, pero en el ámbito de lo emocional, no de lo intelectual. Y esto me ha hecho pensar mucho, porque vivimos una época en que la gente vive muchas veces de sentimientos y emociones, no de la razón, sino a golpe de sensaciones, y eso les genera inestabilidad y un montón de problemas, ya que esa manera de proceder indica gran inmadurez e irresponsabilidad. Pues los protagonistas de “Campeones” son superdotados emocionales, porque son capaces de suscitar en los “capaces” emociones positivas y con la fuerza suficiente como para ir transformando vidas. Esto es lo que le pasa al entrenador: que tiene que acabar cambiando su chip mental y su orden de valores “desarmado” por las emociones positivas y absolutamente limpias, nobles e inocentes que le transmiten y le suscitan de continuo estos campeones de la ternura.

El equipo saca del entrenador lo mejor que él guardaba en su interior: la bondad, la compasión, la alegría, la ternura… son ellos los que le entrenan a él para afrontar la vida desde la mejor perspectiva y le hacen aprender a mirar a las personas desde el mejor ángulo: el de la limpieza del corazón. Al final logran poner todo patas arriba: los discapacitados son los únicos capaces de reorientar la vida de una persona muy capaz, pero que iba a la deriva. Es el equipo quien entrena al entrenador para la vida real. Los que son excluídos por la sociedad por ser considerados incapaces, son los que le devuelven a la sociedad y a su familia sanado, renovado y -sobre todo- feliz. Son ellos, y no ningún centro académico, los que le enseñan de verdad y le preparan para enfrentar sus miedos y vivir la vida feliz.

De nuevo un motivo más para descubrirnos ante estos hermanos que están ahí y que tanto quiero desde siempre, y para gritar lo necesitados que estamos de ellos. Son la levadura de la ternura en esta masa social tan eficaz, dura e insensible. Ellos son una especie de pulmón que oxigena nuestro mundo y lo hace un poco menos irrespirable. Por eso desde esta ventana hago un llamamiento a todos los que me leéis… ¡cuidemos mucho y agradezcamos a nuestros hermanos discapacitados intelectuales su aportación de humanidad a nuestra sociedad! Ya es hora de reconocérselo y agradecérselo. Eso también es de justicia: reconocer lo mucho que les necesitamos y el bien que nos hacen con su sola presencia.

M. Olga María, cscj