La sequía que nos asola

LA SEQUÍA QUE NOS ASOLA

Estos días, con motivo de los terribles incendios que han sido provocados en Galicia y Asturias, estamos oyendo hablar de contínuo de la sequía que nos asola y de sus terribles consecuencias: una de ellas es la voracidad del fuego, que avanza rápidamente en una naturaleza tan reseca.

Confieso que no he podido evitar trasladar esta realidad al plano moral. Ante la sequía moral y espiritual que padecemos sucede exactamente lo mismo: las almas y las conciencias están absolutamente resecas y cualquier pequeña situación puede generar un incendio interior que es difícil controlar y cuyas consecuencias son pavorosas y pueden durar años o incluso ser irreparables. Y tampoco faltan esos desalmados que se aprovechan de la sequía interior de muchas personas para lanzarles las cerillas incendiarias. ¡¡Qué terrible es esto…!!

De estos incendios vitales que calcinan la vida de personas “resecas”, hay algunos fortuitos, que se generan solos, como pueden ser una enfermedad o la muerte de alguien querido, pero hay otros claramente provocados y malintencionados, en que se percibe nítidamente la perversidad de quien los ha originado, y aquí la lista podría ser interminable. Por citar algún ejemplo señalaré las adiciones, que causan tantos estragos, o las campañas de concienciación en que se va ideologizando a niños y jóvenes fanatizándolos en ideas o principios violentos e inmorales.

Pero lo más perverso de todo esto -y aquí sí que puedo hablar con propiedad porque lo he experimentado personalmente- es que hay quien desea que las conciencias permanezcan semidesérticas, sin regar ni cultivar, para poder controlarlas y manipularlas más fácilmente. Aquí es donde hoy quiero llegar y detenerme. Mis queridos lectores: tenemos el deber moral de cuidar nuestra interioridad -independientemente de que seamos creyentes o no- porque esa es la parte más noble y valiosa de nuestro ser. Y necesita ser cultivada, regada y cuidada, para que brote, florezca y de los mejores frutos. Para ello es necesario reflexionar, interiorizar, dialogar, tener ideales e inquietudes… plantearse cuestiones trascendentales… ¡¡vivir!! ¡No podemos pasar por la vida haciendo bulto y vegetando!

Es muy grave que sólo nos preocupemos del bienestar físico de las personas y del progreso y la promoción materiales y que encima a eso le llamemos promoción humana. ¿Y la dimensión moral y espiritual? Lo que verdaderamente humaniza al hombre es su dimensión espiritual y su voluntad libre y eso… cada vez está más descuidado. No educamos a nuestros niños y jóvenes en el uso responsable de su libertad, no nos esforzamos en cultivar en ellos la bondad y los valores que les proporcionen una interioridad rica, hermosa, cuidada y fecunda. Con frecuencia permitimos que las almas de nuestros jóvenes, y las nuestras también, se vayan convirtiendo en eriales desérticos y vacíos, en los que cualquier chispazo puede originar un incendio incontrolable que deriva en desequilibrios, crisis, y situaciones que se nos escapan de las manos.

Reflexionemos seriamente sobre esto, porque es muy grave: de la misma manera que los desastres ecológicos sobrevienen cada vez con mayor frecuencia y la naturaleza nos está pasando factura por todos abusos cometidos contra ella, y es una triste realidad el refrán “el que siembra vientos cosecha tempestades”, así nos está sucediendo en el plano moral: si sembramos superficialidad y egoísmo brutal en unas conciencias adormecidas… ¿qué esperamos cosechar? Pues toneladas de violencia, desesperanza, abusos, extorsión, manipulaciones… La educación que estamos dando a nuestra sociedad no puede dar otros frutos y de la misma manera que la naturaleza se está volviendo contra nosotros, se volverá contra la propia humanidad la deshumanización y la desertización que estamos favoreciendo en las personas.

M. Olga María, cscj