El dialogo

EL DIALOGO

Estamos viviendo días de incertidumbre y crispación al contemplar lo que está sucediendo en Cataluña y lo cierto es que no es para menos: la situación es preocupante porque la violencia y la sinrazón están en las calles y parece que cada cual puede hacer lo que se le ocurra porque no hay orden y no hay ley. Parece como si hubiéramos perdido la razón… ¿a dónde pretendemos llegar por esta vía?

En medio de todo este caos, algunos insisten en la necesidad del diálogo como vía de solución, y ¡ojalá que el diálogo fuera suficiente para retornar a la convivencia pacífica! Debería de serlo, desde luego, pero me pregunto si los que apelan a la necesidad del diálogo son conscientes de que el diálogo también tiene sus normas y sus bases para que sea de verdad una herramienta útil y eficaz.

Viendo la situación actual de España he recordado con enorme cariño a san Juan XXIII y su encíclica “Pacem in terris”, que en estos momentos nos viene como anillo al dedo y os invito a leerla a todos: aunque es una encíclica papal, no es un documento excesivamente “eclesial”, sirve para creyentes y no creyentes y nos recuerda que “en materia política, económica y social no es el dogma el que tiene que indicar las soluciones prácticas, sino más bien, el diálogo, la escucha, la paciencia, el respeto de la otra persona, la sinceridad y también la disponibilidad a replantearse la opinión propia”

Como siempre ¡cuánta sensatez y sabiduría en esas palabras! Para que el diálogo llegue a buen puerto y cosechemos resultados son necesarias algunas premisas que en la crispación de la situación actual son inexistentes: la escucha, la paciencia, la sinceridad, el respeto del interlocutor y considerar la posibilidad de estar equivocado.

Es una triste realidad que ninguna de las cinco premisas citadas se dan en estos momentos, pero la última es la que especialmente me preocupa: ¿por qué no admitimos la posibilidad de estar equivocados y la conveniencia de escuchar y sopesar otros puntos de vista que arrojen luz sobre la realidad actual? ¿por qué hablamos de libertad y tratamos de conseguirla a cualquier precio, sin respetar ni escuchar a nadie? ¿no nos damos cuenta de que es un contrasentido hablar de libertad y querer imponerla con violencia?

Y la violencia no es sólo física. No podemos hablar de violencia únicamente cuando vemos a un policía con una porra en la mano; violento es el que miente, el que no escucha, el que manipula, el que no respeta la ley y -sobre todo- violento es el que antepone su deseo y su propósito a todo y a todos, y además considera que es infalible y no se equivoca nunca. Ferozmente violento es aquel que jamás contempla la posibilidad de replantearse su opinión y el camino que ha emprendido. Con esta persona… es imposible cualquier tipo de diálogo, porque quien actúa así… ha dejado de ser un ser racional. Sólo se me ocurre rogar a Dios por ella para que se haga luz en su interior y rectifique.

Os invito a frenar la oleada de violencia y sinrazón que estamos respirando en estos días ejercitándonos en lo contrario, en suavizar las aristas de nuestra convivencia diaria, en respetar y escuchar el parecer de los que nos rodean y no querer imponer el propio a cualquier precio, siendo capaces de reconocer nuestras equivocaciones y rectificar.

Confiemos en que nuestro diálogo y respeto vayan creando una corriente nueva cuya onda expansiva afecte a todos y vaya cambiando la faz de la tierra.

M. Olga María, cscj