La ascensión del Señor

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Mirad al suelo, corred la voz de que los hombres está el Señor, no hagáis castillos para soñar, pues cada día tiene su afán.

Con la ascensión de Jesús al cielo, los discípulos se sintieron como huérfanos. Esperaban en sus palabras: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, pero con fe vacilante, tristes, confiando, sí, en estas palabras, aunque con mucho miedo, por lo que pueda sucederles si se manifiestan seguidores del “colgado del madero”.

Sabemos, como ellos lo sabían, que Jesús está con nosotros, cuando reunidos en comunidad hablamos de Jesús, y él nos alienta, nos fortalece y aumenta nuestra fe disipando nuestras dudas.(Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos)

En nuestro caminar, lleno de miedos por las dificultades, los sufrimientos que tratan de oscurecer nuestra fe, ahora también por las persecuciones, por ser discípulos de Aquel que pasó por la vida haciendo el bien, denunciando toda injusticia, toda violencia contra el pequeño, el desvalido, contra aquel que no cuenta. Esto no va con los poderosos de este mundo, por eso, como persiguieron a Jesús nos perseguirán a nosotros, si de verdad somos sus discípulos, no de palabra, sino viviendo y obrando como él vivió y actuó.

Siempre encontramos el rostro de Jesús, en el rostro del enfermo, en el del anciano, en el solo y abandonado, en tantos hermanos torturados con violencias y desprecios; en todos aquellos que nuestra sociedad del bienestar por medio de la injusticia, va dejando en las aceras de nuestras ampulosas ciudades, en las cunetas de nuestra relucientes autopistas; en todos ellos está Jesús, en todos esos rostros le encontramos, siempre que miremos con ojos misericordiosos. “Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos.”

Nos dice que se va al Padre pero que volverá para llevarnos al sitio que nos ha preparado, para que “donde yo esté, estén, también mis amigos”.

Más aún, “ Si me voy, desde el Padre os envIaré el Espíritu Santo, que confirmará todo aquello que os he enseñado. Os iluminará y os dará fuerza suficiente para que habléis de mí, en vuestra tierra y todo el mundo.”

Nos ha hablado del amor misericordioso del Padre, también del Espíritu Santo, que nos fortalece, y él, el Señor nos ha salvado, muriendo por nosotros, y junto con el Padre y el Espíritu Santo, forman esa Trinidad Divina que nos espera, para gozar eternamente en el Reino de los cielos.

Damos gracias a Dios Padre que por su gran misericordia nos ha amado hasta el extremo de entregarnos a su Hijo para ser nuestro Redentor y Salvador, quien, por este amor tan extremo, se ha quedado con nosotros hasta el final de los tiempos.

Tengamos los ojos puestos en el Maestro que se manifiesta en todos los hombres y mujeres que sufren a nuestro lado. “Venid, benditos de mi Padre, porque me atendisteis, dándome de comer, de beber, me visitasteis en mi soledad como enfermo, como anciano, como preso, como descartados por inútiles por esta sociedad, donde sólo sirve el dinero y el poder.

Carlos Sánchez de Castro