La perdonanza

LA PERDONANZA

Esta semana se celebra en la catedral de Oviedo el Jubileo de la Perdonanza y hemos ido hasta allí para vivir esta fiesta del perdón y venerar el Santo Sudario. Una experiencia hermosa y enriquecedora sobre la que os invito a reflexionar.

El perdón: esa realidad necesaria y básica que hace posible la convivencia y la concordia. Hace poco me encontré a una persona que me decía que no lo veía imprescindible para convivir, que lo único necesario era el respeto. Yo no comparto para nada ese parecer: es imposible convivir en paz sólo con el respeto y prescindiendo del perdón, porque todos cometemos errores que afectan a otros y necesitamos del perdón de los demás en determinados momentos. Si no somos capaces de comprender y asumir esto… es que carecemos de humanidad o no vivimos en la realidad, o ambas cosas.

¿Cómo puede haber alguien que se considere capaz de vivir sin necesitar de la comprensión de los demás? ¿es que existen personas que de verdad se creen tan intachables que pueden prescindir de la paciencia y el perdón de los que les rodean? Esta posibilidad es un poco surrealista, pero tristemente sí que existen estos seres y dan mucha pena, porque acaban entrando en un círculo de autocomplacencia, autosuficiencia y soberbia que les aleja de todo y de todos… se van condenando a sí mismas al aislamiento y a la soledad, porque a estas personas pluscuamperfectas se las soporta y se las tolera como se puede, pero difícilmente se las puede querer entrañablemente. Quien no necesita de la misericordia, la paciencia y el perdón de sus semejantes… tampoco se presta para dar ni recibir amor, y sin amor… la vida no tiene sentido.

Por otra parte me gustaría señalar que pedir perdón y perdonar es una de las cosas más bellas y que más dignifica las personas. Hay quienes consideran que pedir perdón es rebajarse, una humillación… yo opino que nunca es más grande el ser humano que cuando reconoce sus errores y solicita el perdón y la ayuda de sus semejantes. Opino que pedir perdón significa reconocer las propias pobrezas y limitaciones, pero también significa no pactar con ellas y no dejar que sean un obstáculo para la felicidad de amar y relacionarnos con los otros. Significa que reconocemos nuestros límites, pero que luchamos para superarlo y mejorar, y el perdón es ya triunfar sobre ellos, porque no los dejamos convertirse en un obstáculo en el camino. Al contrario: los utilizamos como un trampolín para crecer y madurar y -sobre todo- para amar y ser amados, porque el que pide perdón está pidiendo ser amado en su pobreza y está dándole a la persona a la que le pide perdón, la oportunidad de que le ame especialmente, con un amor determinado: tierno, compasivo y misericordioso.

Y por último me atrevo a hacer una llamada a la generosidad cuando nos pidan perdón: a brindar inmediatamente, sin hacernos de rogar y sin recriminaciones, la sonrisa franca, el apretón de manos, el abrazo afectuoso… porque experimentaremos un gozo sin parangón. Nos sentiremos liberados de un gran peso. Cuando perdonamos aligeramos de lastres inútiles nuestro corazón y le dejamos amplitud y libertad para ser feliz, allanamos el terreno. Termino brindándoos una frase preciosa que me envió hace unos días una buena amiga: “perdonar es liberar un prisionero y descubrir que el prisionero eras tú”.

M. Olga María, cscj