Aburrirse

ABURRIRSE

Hay una palabra que hace muchísimo tiempo está borrada de mi diccionario vital: “aburrirse”. Lo digo de corazón: no recuerdo haberme aburrido más de cinco minutos en mi vida, y esto lo considero una bendición.

Fiel a mi “manía” de buscar en el diccionario para comprender y analizar más en profundidad el sentido de cada palabra y así poder reflexionar mejor sobre ello, me he encontrado la siguiente definición: “sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos, diversiones o distracciones.” Y rápidamente ha surgido en mí el cuestionamiento: ¿falta de estímulos? ¡Si vivimos en un mundo en el que sobran los estímulos y la información! El bombardeo de estímulos, noticias, ruidos, imágenes… según esa definición ¡no debería haber en el mundo un solo ser aburrido! ¿Qué es lo que falla, entonces, cuando te encuentras a cada paso con multitud de personas de todas las edades, desinfladas, sin fuerza, sin entusiasmo por nada, sin… en definitiva: aburridas? ¿Qué es lo que está pasando? Algo no va…

Creo que el quiz de la cuestión está en que ese bombardeo de estímulos no llega al fondo, a lo más íntimo de la persona, se queda en la superficie, en la epidermis de la sensibilidad y no cala dentro… No recibimos estímulos que sean revulsivo para nuestra interioridad y nos conduzcan a la reflexión, alimento espiritual y moral para nuestra alma, que haga brotar lo más noble y bello que tenemos en nuestro interior.

Es una pena, pero si analizamos las doscientas mil cosas que inundan nuestras redes sociales y nuestros móviles… ¿cuántas cosas hay que de verdad nos alimenten como personas y nos hagan crecer como tales? De entrada toda esa información nos puede deslumbrar, nos resulta agradable y atractiva, porque nos “entretiene” y “divierte”, pero -a la larga- nos impide pensar y buscar lo que verdaderamente importa y que nos realizará como personas: la apuesta innegociable por la bondad y el amor, por el servicio y la entrega de la propia vida a los demás.

¡¡Seamos selectivos!! No hay que anatematizar el uso de las redes sociales, pero usémoslas para construir. Con frecuencia vamos picoteando allí y allá, mirando una cosa y otra, navegando sin rumbo por la red, invertimos tiempo en eso en detrimento de otras cosas importantes, y al final… ¿Qué cosechamos? Cansancio psicológico, desencanto, hastío… eso que se llama ABURRIMIENTO vital. Eso sin nombrar los cacaos mentales que se forman algunas personas a base de beber aguas ideológicas no muy sanas… Y lo peor es que empieza a ser una epidemia.

Frente a esta “enfermedad” ¿de qué remedios disponemos? Creo que es importante gestionar bien nuestro tiempo (que por jóvenes que seamos es limitado y se acaba) y nuestras prioridades. Que orientemos siempre nuestra vida no a la aventura fácil que deslumbra, sino a la bondad, a la entrega, al bien… sin cansarnos y sin desfallecer. Huyamos del pasatiempo fácil y de la curiosidad malsana o irresponsable y apostemos por una curiosidad sana: de la que nos impulsa a crecer y a buscar siempre construir un mundo más humano y tendiendo al bien, huyendo del egoísmo. Que utilicemos las tecnologías para crecer como personas y poder así servir a los demás. Que entendamos que servir es un privilegio y no una esclavitud… Si luchamos por formarnos y enriquecernos interiormente para ponernos al servicio del bien, el desencanto, el hastío y el aburrimiento desaparecerán de nuestra vida.

M. Olga María, cscj