Gratuidad

GRATUIDAD

Existe una realidad que en nuestra sociedad actual es como una planta exótica, que es la gratuidad. Gratuidad viene de la palabra gratis y se refiere justamente a eso: a la cantidad de cosas que en nuestro día damos y recibimos gratis, es decir, sin coste, sin esperar nada a cambio, ni siquiera buscar un interés o un provecho.

Y… en contra de lo que pueda parecer, en esta sociedad tan duramente competitiva y consumista, hay muchas cosas en nuestro día a día que son absolutamente gratis, un regalo; la pena es que nos habituamos tristemente a lo más bonito y lo más grande, y no lo valoramos ni lo disfrutamos. Por ejemplo: ¿os habéis parado a pensar que el aire que respiramos, sin el cual es imposible vivir, es gratis, que no pertenece a nadie y es de todos y para todos? Y lo mismo pasa con la luz del sol, con toda la belleza que nos rodea y a la que tristemente nos acostumbramos y no disfrutamos ni agradecemos.

Es importante que recuperemos el sentido de lo que es don y transformarnos poco a poco en personas generosas y agradecidas que saben tener en cuenta y regalar lo verdaderamente valioso e importante. Y estas dos últimas cosas, el valor y la importancia, no debemos confundirlas con la utilidad o la inutilidad.

Lo que da valor a algo no es el hecho en sí, el objeto en sí, sino la intención del que lo realiza y también del que lo recibe. Y notad que he dicho “intención”, no “utilidad”. La “intención” no es algo objetivo, sino que es algo que está en lo profundo de las personas, en lo íntimo de su corazón, que no podemos medir con unos cánones y normas preestablecidos para saber si está bien o mal hecho, si es útil o no… porque no obedece a causas objetivas y comprobables, sino a causas subjetivas, que están dentro del corazón y que escapan a la lógica y el control de la razón.

Con esto no estoy censurando las normas y los criterios que nos rigen, pero sí que quiero recordaros que -aparte de las diferentes normativas y códigos- hay otras realidades que debemos cuidar y que no están escritas ni registradas en ningún sitio, pero no son menos importantes. La gratuidad pertenece a ese ámbito de lo íntimo y no está “registrada” en ningún manual, ni tiene tablas para medirla, ni obedece a permisos ni sanciones, precisamente por eso se llama gratuidad.

Veo que me estoy expresando regular y más bien tirando a mal, pero no soy capaz de hacerlo mejor… voy a intentar hacerme entender con un ejemplo… Pensad en un niño pequeño que está preparando un regalo para su madre y se afana y se afana… y se esfuerza muchísimo y tras insistir y poner toda su ilusión, con tiempo y mucho empeño, esboza en un papel unos cuantos trazos y garabatos que pretenden ser un retrato maravilloso de su madre unas letras torpes y mal trazadas que son una dedicatoria y una firma. A continuación sale a la calle y en cualquier rincón busca una florecillas, tres o cuatro, y las arranca como puede y prepara un ramillete que va ajando él mismo por la fuerza con que aprieta su pequeño puño para no perderlas ni descolocar el ramillete. Con ambos “tesoros”, y el corazón lleno de amor e ilusión, corre a entregarle a su madre sus regalos… Obviamente ese papel arrugado y garabateado y esas florecillas ajadas, no tienen ningún valor real ni objetivo, pero para esa madre que recibe el regalo de su pequeño y para el niño que ha puesto en ello toda su ilusión… tienen un valor casi infinito y -desde luego- imposible de calcular para el resto.

Lo que ese regalo lleva encerrado de entrega, amor, significado… es real, pero no objetivo, porque está en el ámbito del corazón, de lo vivencial, de lo que escapa a valoraciones técnicas. Supera los criterios de utilidad e inutilidad… y tiene un valor incalculable, porque está en el plano de la gratuidad. Ninguna crisis mundial conseguirá devaluar ese dibujo arrugado y esas florecillas marchitas.

M. Olga María, cscj