Dios te hizo a ti

DIOS TE HIZO A TI

El domingo pasado la Iglesia celebró el Domund (domingo mundial de las misiones) y movilizó la campaña con un lema, pósters, pegatinas… y también un video promocional. Estuve viendo el video y me pareció precioso porque deja una pregunta en el aire y una respuesta interpelante que es un desafío. Ante la pregunta de un niño a su abuela de si Dios ha hecho todas las cosas bellas que nos rodean en la creación, ella le contesta que -efectivamente- Dios ha hecho todas las cosas para que seamos felices. Dios lo ha hecho todo. Y ante esa respuesta el niño plantea una pregunta más que nos suele quemar los labios y el corazón muchas veces y que -al menos mentalmente- todos nos hacemos alguna vez: ¿y la gente que sufre, abuela? ¿por qué Dios no hace nada? La respuesta de la abuela es magistral: Dios te hizo a ti.

Cuántas veces nosotros nos encaramos con Dios y nos volvemos contra El protestando indignados porque no hace nada para remediar el sufrimiento del mundo. Desde el punto de vista teológico hay cientos de argumentos para demostrar que Dios no es responsable del sufrimiento del mundo y cómo El ha hecho ya lo máximo que es posible hacer para remediarlo, que es la Redención, pero en mi primer artículo prometí no enrollarme con asuntos doctrinales que puedan cansar o aburrir y voy a ser fiel a mi promesa: no voy a entrar por ahí. Pero sí que me voy a encarar cariñosamente contigo, amigo lector, y te voy a poner delante la contestación de la abuela: Dios te hizo a ti.

Sí: Dios nos ha puesto en este mundo para ser felices y todo lo ha hecho bueno y para el bien. También a ti y a mí nos ha creado Dios buenos y para el bien. Estamos en este mundo para ser felices, y la única manera de serlo en plenitud es haciendo el mayor bien posible a nuestro alrededor. Ante el dolor y el sufrimiento inherentes a la condición humana no sirve de nada protestar, patalear, desesperarse, tirarse de los pelos y empezar discusiones metafísicas y salomónicas sobre si Dios existe o no para –finalmente- echarle la culpa de todo (yo sostengo que Dios existe y que no es el culpable de nada). Eso no soluciona nada y tensa y complica más y más las situaciones difíciles, así que vamos a centrar el tiro y dejar de usar a Dios para justificar nuestra pasividad.

Dios te ha hecho a ti para que hagas el mayor bien posible en este mundo y para que remedies y suavices el dolor que te encuentres en tu camino diario. ¿Yo? ¿Y qué puedo hacer yo? ¿Cómo puedo remediar yo los grandes males de la humanidad: el hambre, las enfermedades, las catástrofes naturales…? Esos males, que nadie duda que lo son, no son los únicos que afligen a la humanidad actual, aunque sí los más mencionados y los que utilizan como parapeto los grandes filántropos teóricos que culpan a Dios y al final no hacen nada práctico.

Pisemos el suelo y miremos a nuestro alrededor: a mi juicio la mayor lacra actual es la insensibilidad, la deshumanización de nuestra sociedad, cada día más fría, más individualista, más burócrata y menos sensible. Estamos llegando a un punto en que ya no nos conmueve nada y trabajamos por no mostrar sentimientos, ni valores, ni rasgos de humanidad. Esto es terrible. Hemos acuñado frases demoledoras que utilizamos sin miedo y que son tremendas, como por ejemplo “ese no es mi problema”, que lanzamos sin consideración hacia nadie. ¿Pensamos en los que sufren? ¿pensamos en el dolor que causamos cuando adoptamos esa postura? ¿caemos en la cuenta de la cantidad de veces que podemos remediar un mal, por pequeño que sea, y no lo hacemos? ¿somos conscientes de la frialdad con que volvemos muchas veces la cabeza para ignorar los sufrimientos y dificultades de nuestros semejantes? Todo eso destruye y no humaniza, no dignifica… No basta decir: “yo no hago daño a nadie”. Hacemos daño siempre que omitimos el bien, cada vez que evitamos que afloren la bondad, la delicadeza, la ternura… y siempre que podemos hacer un bien y suavizar un dolor y no lo hacemos. Dios te ha hecho a ti para sanar, calmar, consolar, sostener, confortar, ayudar...

Si no podemos remediar el mal en su raíz -cosa que sucederá con frecuencia- no lo hagamos más penoso y mayor mal agudizándolo con nuestra indiferencia. Dios nos ha dado la capacidad de humanizar el dolor de nuestros hermanos y suavizarlo y hacerlo propio para que sea más suave y llevadero y darle un sentido y hasta sacar un bien de él. Dios nos hizo a ti y a mí para eso. Ese es el donativo más importante que nos pedía el Domund el pasado domingo.

M. Olga María, cscj