Sin Complejos

SIN COMPLEJOS

Vivimos en la época de la gran exaltación de la libertad y del respeto y siento tener que contradecir a la mayoría, pero lo que yo percibo es que esta es la época de los complejos y los respetos humanos.

Nunca se ha hablado tanto de libertad como ahora y quizás nunca se ha pisado tanto como en estos momentos, y no me refiero a las libertades en general, sino principalmente a la libertad interior. Los derechos y las libertades que se deben a los individuos y que la sociedad tiene que tratar de cuidar y garantizar son importantes, sin duda, pero no son los más vulnerados ni los que más me preocupan, aunque reconozco que tampoco está la situación como para tocar las castañuelas. Pero de eso podemos hablar en otro artículo y además... de eso ya hablan muchas personas excelentes y con mucho más predicamento que yo.

Lo que me preocupa es que, cada vez con más frecuencia, me encuentro personas inteligentes, profundas, con gran capacidad para pensar y deseosas de obrar el bien pero paralizadas por una serie de inseguridades y complejos que arruinan todo eso buenísimo que llevan dentro de sí. ¿Complejos? ¡Sí! Parece como si los que hubiéramos hecho una opción por la bondad y otra serie de valores asociados, fuésemos ciudadanos de segunda o algo así...

Ningún complejo es bueno, eso está claro, pero el peor y más perverso de todos es el de avergonzarnos de la bondad y la coherencia. Es tristísimo que nos empeñemos en camuflar y disimular lo que nuestra buena conciencia nos pide porque nos avergoncemos de declarar y afirmar públicamente nuestra opción por valores como el respeto por la vida, la sexualidad responsablemente vivida, la transparencia económica, la sinceridad, la libertad religiosa, así como la posibilidad de profesar públicamente un determinado credo y vivirlo en toda su extensión, sin respetos humanos y con coherencia… Parece que todo eso nos avergüenza y lo vivimos tímidamente, como acomplejados...

Cierto que no es sencillo y a veces la coherencia con nuestra propia conciencia exige una valentía tremenda pero… respondamos a esto con sinceridad: ¿de qué nos sirve estar en este mundo si nos pasamos la vida sin saber si vamos o venimos, si subimos o bajamos porque cambiamos de rumbo según la persona que tenemos delante o la circunstancia que nos toca vivir? ¿por qué vivir hipotecando nuestra conciencia y nuestras convicciones más íntimas y profundas a la cobardía de no ser capaces de desentendernos del “qué dirán” y “qué pensarán”? ¿hasta cuándo vamos a seguir así? ¿merece la pena vivir en “modo veleta” o jugando al camuflaje en esta jungla actual?

Os propongo una apuesta sincera por la coherencia y por un orgullo sano, no ofensivo ni prepotente, como el de algunos colectivos que necesitan autoafirmarse atropellando al resto. Pero sí que es un deber de calidad humana tomarnos un tiempo para ponernos ante nuestra propia conciencia y orientar nuestra vida en el modo y manera que consideremos mejor y luego ya… una vez tomada una decisión, ser coherentes y no avergonzarnos de ser lo que hemos decidido ser. ¡Vivir nuestra opción sin complejos! Respetando a todos, eso por supuesto, sin atropellar a nadie, pero tampoco avergonzándonos y traicionando nuestra conciencia y nuestra opción de vida.

M. Olga María, cscj