Relaciones

RELACIONES

Hace poco he leído un texto de un monje cisterciense de una abadía francesa, que me ha sacudido y hecho cuestionarme acerca de las relaciones interpersonales que mantengo con las personas que para mí son más queridas. Lo comparto, porque he llegado a la conclusión de que perdemos muchísimo el tiempo y las ocasiones de profundizar en el corazón del otro, así como la posibilidad de crear lazos sólidos, verdaderos y enriquecedores. Creo que la posibilidad de la relación interpersonal tiene como fín el enriquecimiento y el crecimiento mutuo; no lo concibo como un mero pasatiempo.

En el texto se exhorta a un grupo de monjes jóvenes a que profundicen y “aprovechen” al máximo la relación con el sabio monje que se les ha asignado como Maestro. Esto podemos trasladarlo a todas aquellas personas que son referente en nuestra vida y de los que podemos aprender algo. El texto dice así:

“No pidáis a vuestro maestro que os hable para no decir nada. Preguntadle sobre los problemas del destino humano y sobre problemas afines, problemas siempre actuales. ¿Cómo los vive él? ¿Cómo hace para aceptarlos con valor y serenidad? Preguntadle por lo que conoce con certeza, por lo que no se cuestiona, por lo que considera indiscutible e inmutable. Hacedle hablar sobre el drama de su verdadera personalidad, no sobre la comedia artificial que pueden imponerle las circunstancias. Hacedle hablar sobre su insatisfacción y sobre sus esperanzas, sobre su fe, sobre su confianza en Dios, sobre su oración. Preguntadle cómo y hasta qué punto, mediante la entrega de sí, se ha liberado de sí mismo. Averiguad de dónde viene el discernimiento de sus negaciones. Que os confíe lo que descubre su silencio. Que os diga cuál es el origen de sus lágrimas y la razón de su sonrisa. Id a lo esencial del hombre. Y si para ayudaros accede a recuperar sus cuadernos escolares o sus herramientas de aprendiz, agradecédselo con vuestra docilidad”.

Mi experiencia vital me dice que hay que “exprimir” al máximo el tiempo que la vida nos brinda junto a esas personas “especiales” que cruzan por tu existencia, porque a la larga uno se lamenta de no haber aprovechado más. Atreverse a dejar libre el amor y desnudar el alma y lo más esencial de uno mismo ante esas personas únicas que marcan hitos en tu vida y son parte esencial y constitutiva de ese ser único e irrepetible que tú eres. Porque tú eres lo que Dios ha puesto en ti y lo que tu libertad ha hecho con aquello que Dios ha sembrado en ti. Tus actitudes vitales, tus planteamientos, tus experiencias… todo eso es lo que tú eres; todo junto, da lugar en una realidad vital, una persona, que eres tú. Y las relaciones interpersonales que tú cultivas -con quién y de qué manera- modelan esa personalidad y esa persona que eres tú...

Dejémonos de pudores tontos y absurdos y mantengamos relaciones hondas, que hagan aflorar lo mejor y más hondo de las personas que pasan por nuestra vida y alimentémonos y crezcamos con aquello que ha hecho más personas a otros. Y -al mismo tiempo- seamos generosos y entreguémonos a otros para aportar en su crecimiento también. Ya sé que es arriesgado, que puede resultar peligroso abrir el alma y dar girones de la propia vida, pero es el precio del amor verdadero: el don de sí mismo.

M. Olga María, cscj