La Evangelización en nuestro tiempo

LA EVANGELIZACIÓN EN NUESTRO TIEMPO

La Iglesia, viendo el panorama, viendo su realidad, está inquieta, está asustada. ¿Qué está pasando, que los templos están cada día más vacíos?

Está muy preocupada por la ausencia de jóvenes, pero debe de estar todavía más porque ya hasta los ancianos, y más aún, las ancianas, son cada vez menos, bien porque se mueren o porque ya no pueden con sus piernas y también porque no entienden qué es lo que está pasando: las cosas que cuentan de los curas, la forma de vida de obispos y sacerdotes, muchas veces muy alejadas de la doctrina que predican. Y no digamos ya de los escándalos sexuales. y de su forma de vida, muy lejos de los pobres, no sólo por no estar con ellos, sino porque viven como ricos, por sus maneras y forma de relacionarse: los pobres se acercan a importunar, a pedir, ellos a juzgar y decidir. Todo esto está alejando a las personas mayores. A los jóvenes son otras cosas las que les alejan: la falta de libertad; no les gusta que les impongan lo que han de hacer, necesitan ser creadores y esto la mayoría de párrocos no lo toleran, “los jóvenes son unos egoístas, unos inconstantes, etc”, esto es lo que no sólo lo que se piensa sino lo que se dice de ellos. Sabemos que en mucha parte es así, pero no todos.

Pero, el gran error que puede que esté cometiendo la iglesia, es pensar que la culpa es de los jóvenes, de los que se alejan de la iglesia, pero no se plantean, que es la propia Iglesia, la propia evangelización la que debe examinar sus formas, su lenguaje, sus métodos y su desvinculación con la sociedad; hablan de pobreza y están lejos de ser pobres; hablan de ayudar a los pobres, no de hacerse pobre a imitación de Jesús, “que siendo rico se hizo pobre para ser uno más”, y vivir con los pobres.

Acogiendo con amor, y eso que a Jesús no le dejaban ni comer. “Vámonos a la otra orilla, pues les acosaban por todos lados. Cuando llegan a la otra orilla, se encuentran una gran muchedumbre sedienta de escuchar sus palabras; le dio lástima y se puso a enseñarles, sin prisas…” ¡Cuánto amor, manifiesta este relato!. Los ministros de la Iglesia, los pastores, encargados de guiar al rebaño, ¿Acogemos con cariño? O nos molesta que nos importunen?

Si así lo hiciéramos, caeríamos en la cuenta de los muchos errores que tendríamos que enmendar.

Se habla mucho de acoger a los sin techo; la mayoría de curas y laicos destacados en la iglesia, vivimos (aquí debemos meternos muchos más de los que creemos), en casas que se nos han quedado grandes, habitaciones cerradas, pero no disponibles. La mayoría de parroquias tienen pisos o cerrados o alquilados. Conventos enormes en otros tiempos capaces de alojar a más de cien personas, ahora albergan sólo a 3 ó 4.

Palacios episcopales enormes con habitaciones enormes, bien dispuesta, utilizables sólo para acoger a los que “sirven” al hermano, sin techo.

Templos enormes, que apenas acogen una vez a la semana, a unas decenas de personas.

Coches, ropas…; el papa Francisco ha repetido varias veces y en varias ocasiones, que el clero se preocupe menos de las marcas de coche--- de los clerigman de moda y de las vestiduras sagradas con más o menos puntillas y dorados.

Las personas de nuestro tiempo (jóvenes y menos jóvenes), miran a los obispos, curas y monjas para ver en qué se parecen a aquel carpintero de Nazaret, que no vino a fundar ninguna religión, sino a enseñarnos una nueva forma de vivir para ser feliz y que él vivió para darnos ejemplo: servir a los demás, amando.

Sólo hay que coger el Evangelio y sabremos quién es Jesús, qué dice Jesús y que hace Jesús, y a continuación imitémosle.

No sé si seriamos más, pero estoy seguro que seriamos más auténticos, menos hipócritas.

Carlos Sánchez de castro. -Diácono