reirse de uno mismo

REIRSE DE UNO MISMO

Algunas veces nos asalta un sentimiento de “responsabilidad”, de seriedad vital, de “sensatez”, de ser personas “cabales” que nos va encorsetando y llevándonos a ser bien considerados por las personas de nuestro entorno y a pensar que somos muy importantes. Ese sentimiento de creernos importantes, esa fea costumbre de darnos excesiva importancia se corrige con una virtud -que desde luego no está teológicamente reconocida- que se llama sentido del humor. Es muy importante aprender a reírse uno de sí mismo: esto nos va a ayudar a vivir en la realidad y relativizando las cosas.

Lo que estoy diciendo puede sonar una patochada, pero no lo es; al contrario: es un signo de gran sabiduría no tomarnos tan en serio a nosotros mismos. ¿Por qué? Porque cuando aprende uno a reírse de sí mismo está ejercitando la humildad, que nos suena a estar encogidos, metidos en un rincón, diciendo cosas de este tipo: “soy un asco”, “no valgo para nada”, “soy un ser despreciable”... Eso no es humildad, eso es el Libro de las Lamentaciones en el siglo XXI, y nada tiene nada que ver con la humildad.

Abro paréntesis para puntualizar algo sobre la humildad. ¡La humildad es la verdad! Ahora hablo desde mi experiencia de creyente porque no sé entender la humildad si no es desde una perspectiva de fe. No concibo la humildad sin Dios como punto de referencia. Es decir: ver quién es Dios y quién soy yo a la luz de Dios, a la luz de la fe; ver la verdad de quién es Él y ver la verdad de quién soy yo. Y cuando uno ve esta realidad, no produce ni congoja, ni angustia, ni agobio, ni tristeza; al contrario: produce un gozo inmenso, un júbilo inenarrable porque tienes la certeza absoluta de que Aquel que es, se va a volcar en ti, que no eres; tienes la seguridad absoluta de que te va a cuidar, de que va a estar pendiente de ti y eso te da una tranquilidad, una alegría, una libertad... y eso es la humildad. La humildad no es ir encogido con cara de cenizo y amargando la vida de todo mundo, eso es ser un amargado y punto. La humildad verdadera, no la de garabato, produce paz y alegría. Cierro paréntesis.

Entonces... vivir con sentido de humor, tener sentido del humor, aprender a reírse de sí mismo, es una manifestación clara de humildad. La humildad y las personas más humildes tienen sentido del humor. Y las que no lo tienen suelen ser soberbias y camuflan su egolatría y su apego a sí mismas detrás de una seriedad muchas veces implacable: formalidad, todo muy controlado, no hay una mueca fuera de sitio, menos una palabra fuera de lugar, nada se sale de “lo correcto”, está todo en orden, son pluscuamperfectas... Yo no voy a generalizar al cien por cien, pero me atrevo a decir que en un noventa y cinco por ciento de los casos, esas personas esconden en esa “perfección perfectamente controlada” una gran soberbia porque este control les permite, en su concepto de las cosas, no hacer nunca el ridículo.

El sentido del humor es un hábito ético sanísimo que derriba de su trono al ídolo que hemos hecho de nosotros mismos. La única manera de derribarlo es riéndote de ti mismo y reconozco que adquirir este hábito no es nada fácil, aunque opino que es importante y muy necesario. Sí: porque cuando tú ves lo cómico de muchas situaciones en que te encuentras, lo ridículo y absurdo que es tu “yo”... entonces tu “yo” será mucho menos peligroso para ti. Se vuelve más peligroso cuanto más en serio te lo tomas, y mucho menos peligroso cuanto más te ríes de él. Así quedan desenmascaradas tu vanidad, tu soberbia... Todo aquello que antes para ti era grandioso, intocable e importantísimo, que te producía respeto y temor, queda derrotado. Lo tumbas con el sentido del humor. Hasta por higiene mental hay que hacerlo, porque si no entras en una especie de angustia vital que... te vas a morir sólo del susto, y te sube la tensión, se dispara el azúcar, no duermes, te vienen taquicardias y te pasa de todo.

Riéndote de ti mismo vives sereno y descansado, no tienes nada que ocultar; si se ríen los demás, tú te ríes al unísono con ellos, con lo cual vives feliz y no vas a estar nada preocupado ni te vas sentir ofendido nunca; porque estás convencido de que todas las tonterías que digan y más son verdad, y te las mereces todas y se quedan cortos -no se enteran de la mitad de lo que tienen que reírse- y vas a adquirir una libertad de espíritu impresionante.

El sentido del humor te hará una una persona libre, sobre todo libre de ti mismo; porque somos esclavos principalmente de nosotros mismos: nuestra mayor esclavitud es el apego a nuestra imagen, a nuestro bienestar. Así que... ¡a aprender a reírnos de nosotros mismos!

M. Olga María, cscj