regresemos de la luna

REGRESEMOS DE LA LUNA

Los primeros días de esta semana mi correo electrónico y mi whatsapp se han visto inundados de cantidad de fotos, a cada cual más bonita, de la superluna. Y la verdad es que ha sido un espectáculo grandioso contemplar tanta belleza. Pero me ha hecho pensar que tenemos muchas cosas bellas y buenas a nuestro alrededor que no valoramos y no tenemos en cuenta. Frecuentemente pasamos por la vida con los ojos cerrados o con una mirada superficial… y no nos enteramos de casi nada. Esta semana, cuando todos admirábamos embelesados y entusiasmados la superluna, he caído en la cuenta de que, efectivamente, muchos de nosotros vivimos en la luna, pero esto dicho en el peor de los sentidos.

Creo que ya es hora de que aprendamos a valorar toda la belleza que el Creador ha derramado en nuestro entorno. Esto de la superluna ha sido curioso: todos mirando la luna y haciendo fotos en cantidades ingentes e inundando con ellas las redes sociales y los correos de nuestros amigos como si la luna la hubiéramos estrenado anteayer. De pronto todo era mirarla y asombrarnos de tanta grandeza y… ¡la luna está ahí siempre! Simplemente ese día estaba más cerca y fuimos conscientes de su presencia, nos detuvimos a contemplarla y… ¡oh, sorpresa! Captamos su impresionante belleza y quedamos sobrecogidos y cautivados.

Esto que nos ha pasado con la luna esta semana nos pasa con cantidad de cosas que forman parte de nuestra vida cotidiana y no las disfrutamos porque nos acabamos habituando a todo y lo más grande y hermoso se nos torna aburrido y ordinario: las flores, las nubes, las montañas, los sonidos del bosque, de la lluvia y del viento, las tonalidades de las distintas estaciones… a mí me fascina -tanto o más que el verde brillante de la primavera asturiana- la extensa paleta de ocres y cobres del otoño, sobre todo el color de las hojas de los robles a punto de caer del árbol. Pero esto… casi nunca nos detenemos a contemplarlo y a disfrutarlo. Estamos rodeados de belleza gratuíta que no sabemos gozar.

Y aún hay más: hay una belleza inmaterial que nos cerca y nos abraza y no solemos valorar. Me refiero a los gestos y detalles de ternura, entrega y bondad con los que continuamente somos obsequiados por nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo… Miradas limpias, apretones de manos, caricias, sonrisas… y algunas veces… la sola presencia de esa persona que fielmente permanece junto a ti siempre, en todo momento, en lo fácil y en lo difícil, en lo ordinario, en lo gris de cada día sin hacerse notar -como la luna- pero que no disfrutas ni agradeces porque te habitúas y ya te parece lo más normal.

Quiero aprovechar estas líneas para sacudiros a todos y rogaros que miréis a vuestro alrededor y os fijéis un instante en esa persona -amigo, compañero, hermano, esposo, madre…- que permanece siempre con vosotros y siempre está, permaneciendo fielmente sin rendirse ni cansarse. Y como “siempre está” nos habituamos a su presencia hasta casi ignorarla y no se le trata con cariño, ni con gratitud, ni casi con respeto y consideración, porque parece que es obligado que esté ahí… Bajemos de la luna y agradezcamos ese amor y esa entrega fieles e incondicionales: el que el amor de una madre sea incuestionable e incondicional y absolutamente gratuíto (porque no espera nada a cambio) no justificará nunca la ingratitud de su hijo ¿no es cierto?

Es hora de aprender a valorar los mil regalos del día a día y también de aprender a vivir agradecidos. La fidelidad “gris”, sin mucho colorido espectacular de esa madre que lleva años levantándose temprano para tener listo el desayuno de todos, ese hermano que se adelanta al trabajo que a nadie le gusta en casa, que siempre es el primero en levantarse a recoger la mesa, que nunca escurre el bulto de los trabajos molestos, y nunca nos lo restriega ni nos exige nada a cambio… Sé que en la vida de todos hay personas así, el problema es que casi no nos damos cuenta de que esas personas están ahí. Y esa miopía espiritual nos hace daño porque captamos un entorno gris y aburrido, privándonos de apreciar tanta bondad como nos rodea y presentándonos como monotonía y rutina lo que en realidad es fidelidad, constancia y lealtad. Bajemos de la luna y seamos agradecidos con la bondad que nos rodea.

M. Olga María, cscj