Anexo a la charla V

Anexo a la Charla V

Antecedentes significativos del conflicto de la cuestión de Oriente

Napoleón llegó a Palestina en 1.799. Terminaba de efectuar en Egipto una de sus campañas más célebres. Tierra Santa era un escenario más de la lucha por la hegemonía europea entre Francia e Inglaterra. Su conquista impediría el comercio inglés a través de la ruta que unía el Próximo Oriente con las lejanas India y China.

La expedición napoleónica inauguró la llamada “cuestión de Oriente”, término con el que se hacía referencia a las disputas de los países europeos por tener una mayor influencia en Palestina. Cada país protegía a un determinado grupo de cristianos: Inglaterra a los protestantes, Francia a los católicos y Rusia a los ortodoxos. Estaba en juego el control de lugares sagrados como el Santo Sepulcro, así como de intereses económicos, pues cada potencia defendía a sus respectivos comerciantes. En teoría, el territorio continuaba bajo soberanía del Imperio Otomano, pero éste había entrado en una profunda decadencia. Su supervivencia sólo se debía a la rivalidad entre franceses, ingleses y rusos, enfrentamiento que impidió que alguna de estas potencias ocupara militarmente la región.

En Inglaterra, diversas asociaciones se dedicaron a promover el retorno de los judíos a Palestina. La más importante fue la Sociedad Británica y Extranjera para la Restauración Judía en Palestina, creada en Londres en 1.844. El gobierno de la reina Victoria también estaba interesado en el proyecto, pues Lord Palmerston intentó convencer a Turquía de los beneficios que se derivarían de su aplicación. Según él, la llegada de “gran número de judíos capitalistas” constituiría un poderoso estímulo para la economía de la zona. En realidad, lo que intentaba Inglaterra era disponer en la región de una población fiel a sus intereses.

Las causas del antijudaísmo y las primeras respuestas

Durante la segunda mitad del s. XIX, diversos países europeos presencian manifestaciones de antisemitismo. Francia fue el país donde las teorías racistas alcanzaron mayor repercusión social. En 1886, un tal Edouard Drumont publicó un libro titulado La Francia judía, en el que expresaba su miedo a que judíos y protestantes se convirtieran en los gobernantes secretos del país. Según él, la gran mayoría de la población se empobrecía por culpa de unos cuantos financieros judíos, entre los que destacaban los Rothschild, dinastía de banqueros que había amasado una fortuna colosal. Para los antisemitas, los judíos resultaban odiosos, por capitalistas y explotadores, ya que se habían enriquecido sin trabajar. En realidad, el manejo del dinero era uno de los pocos oficios que se les permitía.

Los escritos antisemitas se multiplicaron, al tiempo que aparecían diarios racistas. En Rusia, Alejandro III desencadenaba brutales persecuciones antisemitas. Los Rothschild, para ayudar a sus hermanos de religión, amenazaron al gobierno zarista con negarle préstamos si persistían los malos tratos. Sus presiones no surtieron efecto. Los servicios secretos rusos divulgaron Los protocolos de los sabios de Sión, un supuesto plan del judaísmo internacional para dominar el mundo. El documento era falso, pero encontró gente dispuesta a creer en tal conspiración.

Ante las dificultades para lograr la integración de los judíos en Eu- ropa surgieron diversas iniciativas encaminadas a establecer colonias agrícolas en Palestina, como primer paso para fundar un estado hebreo. Edmond Rothschild dedicó buena parte de su fortuna a estas iniciativas.

Este establecimiento paulatino de los judíos en Palestina tuvo una primera respuesta negativa de los árabes, cuando el 24 de junio de 1.891 las familias más notables de Jerusalén dirigen a las autoridades turcas su protesta contra la inmigración judía y la compra de tierras por parte de los colonos judíos. Las desavenencias y hostilidades no tardaron en llegar, pues los palestinos vieron en los judíos a unos indeseables que iban a quitarles los puestos de trabajo e incluso su propia tierra. Según un dirigente de Jerusalén, los árabes no eran xenófobos, ya que acogían a los extranjeros, pero de ningún modo podían abrir los brazos a grupos, cuyo objetivo era arrebatarles Palestina.

Herzl: El nacimiento del Sionismo y la primera guerra mundial

Theodor Herzl (1.860-1.904), un escritor austríaco, se convirtió en el primer líder del sionismo con importancia a escala internacional. Su “conversión al judaísmo” se produjo mientras cubría, como corresponsal de prensa, el caso Dreyfus, en París. Alfred Dreyfus era un capitán del ejército francés, judío, acusado de espiar a favor de Alemania. Cuando fue condenado sin pruebas, Herzl comprendió que una injusticia de tal calibre demostraba un hecho: los judíos nunca podrían integrarse en las sociedades europeas. Necesitaban, pues, ser dueños de su propia tierra. En 1.896 escribe El Estado de los Judíos, texto fundador del sionismo político, en el que expuso la necesidad de crear un hogar judío en Argentina -descartado posteriormente- o en Palestina.

El 2 de noviembre de 1.914, el Imperio Turco entra en la Primera Guerra Mundial al lado de Alemania y de Austria-Hungría. Al día siguiente, la Entente le declara la guerra. En ese momento, la población judía se calcula en unas 85.000 personas, y en alrededor de 700.000 entre musulmanes y cristianos. En enero de 1.915, las tropas británicas penetran en el Imperio Turco. Durante la primera guerra mundial, Inglaterra prometió a los árabes un estado independiente, si le ayudaban a luchar contra los turcos. Éstos aceptaron y entendieron que Palestina estaba dentro de lo acordado. Al mismo tiempo, los judíos recibieron una oferta similar: Tierra Santa a cambio de apoyo para vencer al Imperio Otomano.

Terminada la guerra, Palestina pasó a depender de Gran Bretaña. Se iniciaba una nueva etapa en su historia que, por desgracia, no sería menos turbulenta.

La diplomacia británica: la Declaración Balfour

Desde el inicio de la primera guerra mundial, la diplomacia británica actuó en diversos frentes, llevando a cabo una política en muchos casos contradictoria. En 1.915, el ministro de la Guerra, Lord Kirtchener, aprovechando el incipiente nacionalismo árabe surgido en el interior de las fronteras turcas, inició conversaciones con el jerife Hussein, emir de La Meca. El objetivo era claro: sublevar a los árabes a fin de debilitar al -ya de por sí- debilitado Imperio Otomano, aliado de los alemanes en la guerra. Poco tiempo después, los contactos entre Hussein y Henry MacMahon, representante de la Corona inglesa en Egipto, se concretaban en un acuerdo: la aquiescencia británica para el establecimiento de un reino árabe a cambio de su sublevación contra el Imperio Otomano. Palestina quedaba fuera del futuro reino.

El pacto anglo-árabe no impidió a los ingleses firmar con Francia los acuerdos secretos Sykes-Picott, mediante los cuales las dos potencias se repartían por adelantado los territorios de Oriente Próximo, quedando Palestina bajo una administración internacional aún por especificar. En la firma de los acuerdos participó también Rusia. Con la llegada al poder de los bolcheviques, el pacto tripartito se hizo público, provocando la indignación árabe.

Un hecho contribuyó a complicar todavía más la -ya de por sí- difícil situación. El 2 de noviembre de 1917, el ministro de Asuntos Exteriores, Lord Balfour, enviaba una carta a Lord Rothschild, influyente miembro de la comunidad judía. La misiva manifestaba la simpatía británica hacia el establecimiento de un hogar nacional judío. Lord Balfour, ministro de Asuntos Exteriores británicos, creía que el sionismo tenía una importancia mayor “que los deseos o frustraciones de 700.000 árabes que hoy habitan esta tierra”.

Con la Declaración Balfour se habían sentado ya las bases para que el mandato británico sobre Palestina resultara un calvario.

Los vaivenes de Gran Bretaña en Palestina y la II Guerra Mundial

Una vez terminada la I Guerra mundial, la conferencia de San Remo, en 1.920, otorgó Palestina a Gran Bretaña, hecho que fue ratificado por la Sociedad de Naciones dos años más tarde. Empezaba el mandato británico sobre Palestina.

La llegada del alto comisario Herbert Samuel, influyente judío miembro del Partido Liberal británico, fue un duro golpe para los árabes, que se sentían traicionados por la Declaración Balfour. Los problemas para la potencia mandataria no tardaron en aparecer. La creación de la Agencia Judía, que había de encargarse de organizar la colonización judía, la compra de tierras y las relaciones internacionales del incipiente hogar judío, no hicieron más que aumentar su malestar.

En 1.920 ya habían estallado los primeros disturbios árabes en Jerusalén. Un año más tarde se inició una revuelta en Jafa, extendida rápidamente a todo el territorio y que se saldó con más de 300 personas muertas o heridas. Paralelamente, al este del Río Jordán nacía un nuevo estado, Transjordania, otorgado a Abdallah, hijo del jerife Hussein. Estos dos hechos, junto a la estabilización de la inmigración judía en los años siguientes, apaciguaron el descontento árabe e inauguraron un período de relativa calma.

Sin embargo, las contradicciones británicas no habían desaparecido. La situación volvió a empeorar a finales de la década. Después de una serie de provocaciones mutuas entre árabes y judíos a propósito de los Santos Lugares, el 23 de agosto de 1.929 se produjo un motín en Jerusalén que se extendió, primero, a Hebrón y, después, a todo el territorio palestino, concluyendo con un resultado trágico: 300 muertos, 500 heridos y 1.000 detenidos.

Los hechos de 1.929 fueron tan sólo un anticipo de lo que acabaría sucediendo en la década de los años treinta. Una serie de circunstancias aumentaron decisivamente el descontento árabe. Para empezar, las conclusiones del Libro Blanco de Passfield, que restringían la inmigración judía y la compra de tierras, fueron anuladas después de que la revuelta de 1.929 hubiera sido sofocada. Por otro lado, el ascenso de Hitler al poder en 1.933 aumentó considerablemente la in- migración judía. Los nuevos colonos tenían una sólida preparación intelectual y científica, y disfrutaban de no poco poder económico, factores que contribuyeron al desequilibrio entre las dos poblaciones en conflicto. A todo ello se unió en 1.935 el asesinato de Izzeddin el Kassam, un maestro de Damasco que en 1.932 había creado el primer movimiento de liberación árabe, precedente de los posteriores grupos terroristas, de la segunda mitad del s. XX, con el objetivo de liberar al pueblo palestino. El asesinato de este líder revolucionario agravó la desesperanza de los árabes de Palestina.

El gran levantamiento árabe se iniciaba en abril de 1.936. Un incidente en Rafa provocó la insurrección árabe en Jerusalén y en el resto del país. La revuelta se transformó en un movimiento de desobediencia civil, cuya máxima expresión fue una huelga general árabe que había de durar casi seis meses. Las reivindicaciones del Alto Comité Árabe se centraron en el cese de la inmigración judía, aunque sus de- mandas abarcaban también la prohibición de la venta de tierras a los judíos y la formación de un gobierno que tuviese en cuenta los distintos porcentajes de población autóctona. El movimiento insurreccional no empezó a remitir hasta octubre, después del llamamiento de los países árabes vecinos a confiar en Gran Bretaña y a la espera de las conclusiones que debía emitir el Informe Peel.

Pero la comisión real dirigida por Lord Peel en julio de 1.937no fue, en modo alguno, favorable a las tesis árabes. La investigación se mostraba partidaria de la creación de dos estados, uno árabe y otro judío, que debían acceder a la independencia. Jerusalén debía quedar bajo protección británica. Era la primera vez que los británicos hacían pública una conclusión que refutaba por completo la Declaración Balfour de veinte años antes. Los árabes rechazaron las soluciones propuestas e iniciaron una nueva rebelión. Ni la dura represión de las autoridades británicas, ni las acciones terroristas judías, ni tampoco las conclusiones del Informe Woodhead, que matizaba las tesis del Informe Peel, consiguieron sofocar el levantamiento palestino.

Sin embargo, la política errática de la administración británica no había dicho la última palabra. La prolongación de la sublevación palestina y el temor a que los árabes se aliaran con el Tercer Reich, ante el más que previsible inicio de una conflagración mundial, llevaron a Gran Bretaña a dar una nueva vuelta de tuerca en su excéntrica estrategia. El 17 de mayo de 1.939 se publicaba un nuevo Libro Blanco, muy favorable a las tesis árabes. En él se reconocía que la creación de un estado judío contradecía los compromisos adquiridos durante la primera guerra mundial con el pueblo árabe; se limitaba la inmigración judía a 10.000 personas anuales, a las que debían añadirse 250.000 visados para los refugiados de la Alemania nazi. Y se preveía, también, la creación de un estado palestino único en un plazo máximo de diez años, que debía integrar a las dos comunidades; se prohibía asimismo la compra de tierras por parte de los judíos en la mayoría del territorio. Como si nada hubiese sucedido durante casi veinte años de mandato, los británicos trataban de seducir a los árabes con la misma estrategia que ya habían utilizado en la Gran Guerra.

Irónicamente, la intransigente política británica de cumplimiento de las disposiciones del Libro Blanco de 1.939, el más desfavorable a los sionistas de cuantos se habían publicado hasta entonces, acabaría siendo uno de los factores principales que llevarían a Gran Bretaña a abandonar su dominio sobre Palestina. En un primer momento, y debido en buena parte al inicio de la Segunda Guerra Mundial, la situación en Palestina pasó por un período de relativa calma, hasta el punto de que muchos judíos se alistaron en el ejército británico. Las actividades sionistas se centraron principalmente en la organización de la inmigración clandestina. La acción política de mayor relevancia se produjo fuera de las fronteras de Palestina: en mayo de 1.942, en el hotel Biltmore de Nueva York, los dirigentes sionistas apostaban de manera explícita por la creación de un estado judío.

Pero, una vez se hubo alejado de la zona el peligro nazi, el sionismo mostró de muy diversas maneras su profundo rechazo a la estrategia británica adoptada en 1.939. El primero de enero de 1.944, el Irgun, dirigido entonces por Menahem Begin, reanudó sus actividades antibritánicas. Sin embargo, el hecho que dio un nuevo rumbo a los acontecimientos fue el descubrimiento de las atrocidades cometidas por los nazis y la desesperada situación en que se encontraban los judíos que habían sobrevivido a la tragedia. En este contexto, la insistente política británica de restricción de la inmigración provocó la insurrección general de los sionistas. El Irgún y la Haganá unieron fuerzas temporalmente. El acto más relevante de esta colaboración fue la voladura de once puentes que unían Palestina con los países vecinos. El propio Irgún perpetraba el atentado más mortífero en el hotel King David de Jerusalén, provocando la muerte de más de 90 personas. El acoso a Gran Bretaña empezaba a ser agobiante.

En el exterior, la potencia mandataria sufría también presiones y estaba cada vez más aislada. En 1.945, el nuevo presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, que había recibido el apoyo del lobby judío en la campaña para las elecciones presidenciales, se había mostrado partidario de la admisión de 100.000 nuevos inmigrantes en tierras palestinas, un número similar al de los refugiados en los campos de desplazados en Europa. Al mismo tiempo, la actitud británica frente a la inmigración le granjeaba la enemistad internacional. Entre 1.945 y 1.948 desembarcaron clandestinamente en tierra palestina más de 70.000 personas. Muchos de los que fueron descubiertos por las autoridades inglesas fueron enviados y recluidos en campos situados en la isla de Chipre, pero algunos fueron incluso encarcelados. El caso más emblemático del destino de la inmigración ilegal fue el Éxodo 1.947, un viejo bote con 4.500 judíos en su interior que zarpó del puerto de Sète, en Francia, con destino a Palestina. Los británicos lo abordaron provocando dos muertos y numerosos heridos, y obligaron a sus integrantes a desembarcar en Hamburgo, donde fueron internados en campos de desplazados. Fue un caso que conmocionó al mundo.

El 18 de febrero de 1.947, Gran Bretaña tiraba la toalla. Ante el acoso en sus dominios de Medio Oriente y el creciente aislamiento internacional, el gobierno de Londres hacía pública su decisión de remitir el informe de Palestina a la ONU, hecho que se hacía efectivo el 2 de abril del mismo año. Era el principio del fin del mandato británico. Quedaban atrás treinta años de una política contradictoria, expresada en innumerables comisiones y libros blancos, que sólo habían conseguido irritar a las dos partes en conflicto. A pesar de haber tenido una actitud más favorable al bando sionista, la potencia mandataria abandonaba la zona ante el profundo descontento tanto de árabes como de judíos.

Nacimiento del Estado de Israel

Un mes después de que Gran Bretaña remitiera el expediente de Palestina a la ONU, ésta nombraba una comisión especial para Palestina, la UNSCOP, integrada por once países neutrales y cuyo objetivo era dar una solución definitiva a la cuestión palestina. Esta comisión presentó dos propuestas diferentes. La primera, mayoritaria, propugnaba la partición del territorio en dos estados, uno judío que ocuparía el 55% del territorio y otro árabe con el r 45%, quedando Jerusalén bajo tutela internacional. La segunda solución era partidaria de una federación con capital única en Jerusalén, pero sólo fue respaldada por Irán, India y Yugoslavia.

En las conclusiones finales de la comisión influyeron diversos factores. Primero, el descubrimiento de las atrocidades cometidas por los nazis, es decir, la constatación de la decidida política de Hitler de exterminar a los judíos, capaz de provocar la compasión del más insensible de los seres humanos. Pero se han apuntado también otras razones: la agonizante situación de miles de judíos en campos de refugiados, la tragedia de los inmigrantes que intentaban franquear clandestinamente el país, la unidad y eficacia de la causa sionista en unos momentos tan decisivos frente a la desunión reinante entre los árabes, así como el gran desarrollo socioeconómico que había ido adquiriendo progresivamente la comunidad judía, factor este último que debió de impactar muy favorablemente a los miembros de la UNSCOP.

El 29 de noviembre de 1947, la ONU votaba a favor de la partición de la zona y la creación de dos estados, uno judío y otro árabe. La re- solución fue aprobada con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones, entre ellas la de Gran Bretaña, hecho que confirma el has- tío al que había llegado la potencia colonialista ante el conflicto en Oriente Próximo después de treinta años de mandato. La votación estuvo precedida de tensiones provocadas por las presiones de Esta- dos Unidos, país que seguía contando con un influyente lobby judío y que al término de la II Guerra mundial, había emergido como una nueva potencia mundial. El Estado de Israel volvía a ser una realidad 2.000 años después de la diáspora.

El 14 de mayo de 1948, David Ben Guión proclamaba el nacimiento del Estado de Israel en virtud del derecho natural e histórico y conforme a la presolución de Naciones Unidas. El júbilo estallaba por todo el país. El plan de Naciones Unidas (1947), que contemplaba la división de Palestina en dos países independientes y la conversión de Jerusalén en ciudad internacional, fue aceptada por los judíos palestinos y rechazado por los árabes. Gran Bretaña había fijado el 15 de mayo de 1948 como fecha de entrega de su mandato, pero el 14 de mayo se proclamó el Estado de Israel. Los países árabes vecinos invadieron inmediatamente Palestina. Cuando finaliza la batalla, con un armisticio en abril de 1949, los israelitas habían ganado para su nuevo estado una extensión mucho mayor de la que habían propuesto las Naciones Unidas. A partir de entonces y hasta 1967, las fronteras de facto fueron las líneas de demarcación señaladas por el armisticio.

Conclusión

La creación del Estado de Israel estuvo en disputa desde ese 14 de mayo de 1948. Los judíos, con el nacimiento de esta entidad, vieron colmadas las aspiraciones más profundas de su identidad global como pueblo.

En numerosas ocasiones se habla de la injusticia que suponía volver a ocupar unas tierras dos mil años despees, incluso se ha acusado a Israel de haber creado un estado de manera artificial. Si se miran las cosas desde este único punto de vista, es posible que estas críticas sean correctas. Sin embargo, pocos estados, si es que hay alguno, se han formado de manera pacífica. No hace falta ser un experto en historia para saber que los estados-nación europeos no han salido de una convención en que todas las partes discutían, de igual a igual, la integración en una comunidad política más amplia. La violencia ha sido la base a partir de la cual se han creado la mayoría de las entidades políticas actuales. Si se aplicara el barómetro de la justicia al continente europeo, seguramente tendría que rehacerse de arriba a abajo. Eso no significa que se deba menospreciar este tipo de razonamientos. La justicia siempre debe ser escuchada. Pero puede resultar igual de útil y provechoso referirse a la historia de las razones que llevaron a la fundación de Israel a mediados del siglo pasado. Por supuesto, también, unas circunstancias históricas bien concretas favorecieron la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel. Desde entonces, dos dramas han cabalgado juntos: el de la violencia entre árabes y judíos, y el de la diáspora palestina.

Para apreciar en sus dimensiones reales el drama de la diáspora palestina es preciso retroceder al 29 de noviembre de 1.947, fecha en que la polémica y famosa resolución 181 fue aprobada por las Naciones Unidas, constituyendo el punto de partida de la creación de dos estados en la zona, uno judío y otro palestino. El plan de partición votado fue de inmediato rechazado por los árabes de Palestina, iniciándose a continuación una serie de brutales enfrentamientos entre judíos y palestinos que se saldaron con un gran número de muertos por ambas partes. Esto marcó el inicio de la diáspora árabe.

Ya desde el anuncio del plan de partición, numerosos árabes de Palestina huyeron de sus tierras. Las clases pudientes palestinas partieron de ciudades como Jafa, Haifa y Jerusalén. El éxodo fue seguido por los habitantes de las ciudades y por los campesinos, sobre todo a raíz de las noticias que corrían de las barbaridades cometidas por el ejército y los grupos terroristas israelíes. La más terrible de estas atrocidades data de abril de 1.948, cuando miembros del Irgún y del Lehi perpetraron una terrible masacre en Deir Yasin, provocando entre 100 y 250 muertos, según las fuentes. Muchos de ellos eran mujeres y niños. Pero esta acción no puede calificarse de aislada. Recientes investigaciones de historiadores árabes y judíos señalan que las tropas israelíes habrían aplicado una política sistemática de expulsión de las poblaciones árabes en numerosos pueblos y ciudades, que obedecería a una concepción radicalmente étnica del estado judío. Aunque hay que decir también que las atrocidades no se limitaron únicamente a un bando. Los palestinos también fueron partícipes de ellas. El mismo mes de abril, entre cuarenta y ochenta enfermeras y médicos judíos fueron asesinados cuando se dirigían al hospital Hadassah. Lamentablemente, tampoco fue una acción aislada. En todo caso, puede afirmarse que la guerra judeo-árabe fue precedida de otra guerra, la que libraron sin compasión palestinos e israelíes.

Con el fin de los enfrentamientos judeo-palestinos y la posterior guerra entre Israel y los países de la Liga Árabe emergió una terrible realidad. Centenares de miles de palestinos, entre setecientos y ocho- cientos mil, habían abandonado sus hogares, bien porque fueron expulsados, o porque se integraron como combatientes en la guerra judeo-árabe, o simplemente por miedo a las represalias israelíes. Empezaba el particular calvario de todas estas personas, que se vieron obligadas a establecerse en campos esparcidos por Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Transjordania y, en menor medida, Egipto. La mayoría pasó a depender de las Naciones Unidas, pero ello no impidió que tu- vieran que vivir en condiciones de la más absoluta miseria. Sus esperanzas de retorno quedaron legalmente selladas por la ley de Regreso, aprobada por el Parlamento israelí en 1.950, aunque el endémico conflicto entre Israel y sus vecinos hacía imposible, de hecho, la vuelta a sus pueblos y ciudades. Tras la Guerra de los Seis Días, en 1.967, su número se vio incrementado en 600.000 mil. En la actualidad son más de 3.500.000, sin perspectivas inmediatas de ver mejorada su situación. Una auténtica tragedia.

Esto no significa que, sobre esta cuestión, la referencia a las raíces del mismo sea la única. Entre los actores di- rectos del conflicto y los observadores se manejan distintas perspectivas. Sin embargo se dibujan claramente dos posiciones:

- Los fundamentalistas y radicales, que sueñan con un regreso a la situación de 1.948 o antes. Esto es una peligrosa quimera que supondría la desaparición del Estado de Israel. Estos grupos piensan que la guerra y el terrorismo son dos medios privilegiados para lograr ese fin. El no reconocimiento de Israel y la ausencia de diálogo con esta entidad sería el elemento identificador por excelencia.

- Los pragmáticos y realistas, que aceptan el diálogo con Israel con el fin de encontrar una solución negociada y justa para palestinos e israelíes.

Esta segunda posición se encuentra con varios escollos: el enfriamiento casi total de las conversaciones entre los dos bandos, debido, sobre todo, al resultado de las elecciones legislativas en Palestina con la victoria de Hamás, el deterioro de la vida cotidiana de los palestinos por la construcción del muro, los controles de los soldados judíos, la lucha interna entre las facciones palestinas y la carencia de autoridad entre los palestinos, entre otras. En cualquier caso, este segundo planteamiento, en principio, es mayoritario entre la población palestina. Sin embargo, los tropiezos están llevándola a una radicalización y aproximación a posiciones cercanas a la primera.

De todos modos, el problema fundamental del hoy del conflicto no es tanto “hurgar” en las heridas de los orígenes, sino encontrar una vía, lo más aceptable posible, para la mayoría, con el fin de, una vez más, iniciar un camino de paz. Por supuesto que la historia nos puede decir, de alguna manera, quién tiene la razón. Pero lo razonable en el presente es mirar hacia delante juntos. La existencia del Es- tado de Israel es absolutamente una realidad incontestable y la posibilidad de un Estado palestino libre e independiente, cuanto antes, debería de serlo, también. Ésa es la línea de trabajo. A la población árabe en Palestina se le ofreció en tres ocasiones la posibilidad de un Estado: en 1.937, 1.948 y 2.000. La próxima vez será necesario plasmar esa posibilidad de manera lo más real y justa posible.

José Luis Ferrando Lada