Y la Iglesia continúa la historia

Y la Iglesia continúa la historia de Dios entre nosotros

La historia

La historia de la presencia humana en Palestina es larga y compleja. Larga, porque cubre más de medio millón de años; compleja, porque debe tener en cuenta numerosas influencias, pues el rostro del país -un estrecho puente entre África y Asia- ha sido modificado constantemente debido a las múltiples migraciones venidas, sea del Norte, sea del Sur. Este breve resumen, que sigue, pretende ofrecer simplemente los acontecimientos esenciales de los principales períodos históricos.

La Edad de Piedra (600.000-4.000 a. C.)

Los esqueletos más antiguos encontrados en Palestina datan del 600.000 a. C. Los seres humanos vivían en esta era cerca de los ríos y de los numerosos lagos formados por las lluvias, que, en aquellos tiempos, eran más generosas. La primera utilización del fuego aparece alrededor del 200.000 a. C., pero la transformación que se produjo en el Neolítico fue auténticamente revolucionaria. El hombre comienza a cultivar la tierra. Los nómadas se instalan y se dedican a la domesticación de animales y al cultivo del trigo. La ciudad pre-cerámica de Jericó con su torre, su muro y sus casas de arcilla es un ejemplo de esta sedentarización. Estos hombres comienzan a desarrollar las artes plásticas y adoptan otras formas de organización social; los poblados sustituyen a los campos y la cerámica de piedra es sustituida por la de barro.

La Edad del Cobre y del Bronce (4.000-1.200 a. C.)

El clima de Palestina se convirtió en más seco después de la regresión del glaciar polar; de ese modo, las primeras colonias se establecieron cerca de las fuentes. El comercio del cobre, la nueva materia prima, unió a los distintos pueblos y favoreció el intercambio cultural e ideológico entre ellos. Las ciudades crecieron en de las rutas comerciales y fueron, poco a poco, fortificándose.

La vida urbana permitió el desarrollo de técnicas especializadas: se inventó el torno del alfarero y se descubrió que la mezcla de cobre y estaño daba un material mucho más resistente: el bronce.

La civilización evolucionó rápidamente en los valles cercanos a los grandes ríos Nilo, Tigris y Éufrates. Nacieron imperios inmensos en Egipto y Mesopotamia, mientras que Palestina aparecía como un mosaico de ciudades independientes. Los faraones controlaron desde siempre la llanura costera, al tiempo que un grupo de nómadas, dirigido por Abrahán, llegó de Mesopotamia (alrededor del 1.800 a. C.). Esta tribu recorría libremente las montañas; después, el hambre obligó a Abrahán y los suyos a emigrar hacia el inmenso granero de Egipto. Los israelitas se quedaron allí hasta el Éxodo, de donde saldrían guiados por Moisés (alrededor del 1.200 a. C.). En la época de Josué, los israelitas se instalaron en las colinas, mientras que los pueblos del mar, expulsados por los egipcios, lo hicieron en la llanura costera, la Filistea.

La Edad del Hierro (1.200-587 a. C.)

Los filisteos y los cananeos dominaban la forja del hierro; gracias a sus carros se convirtieron en los dueños de la llanura y de los largos valles entre las montañas. Para defenderse mejor, las tribus de Israel se reunieron en una monarquía. Saúl llegó a ser el primer rey, pero fue David (1.004-965 a. C.), quien, al conquistar Jerusalén, consiguió realmente unificar a todo el pueblo. Después de la conquista de la ciudad, David llevó allí el Arca de la Alianza, el símbolo más estimado.

Salomón (968-928 a. C.) creó un estado potente, pero los impuestos tan pesados y su sistema de funcionamiento, muy burocrático, no agradaron al pueblo. A su muerte, una escisión destruyó la deseada unidad. La parte norte de su dominio (diez tribus) se constituyó en el Reino de Israel y la sur (sólo dos), en el de Judá. En la lucha por el trono, los baños de sangre fueron frecuentes. Los profetas de los dos reinos exigían el retorno a una fe más pura y condenaban las flagrantes injusticias sociales.

En el s. VIII, el Imperio Asirio se despertó; sus armadas avanzaron y aplastaron los reinos arameos de Siria, que habían puesto en peli- gro a los dos reinos de Palestina. Los Asirios destruyeron Israel en el 721 a. C.; después sometieron el reino de Judá y se convirtieron en los dueños del Bajo Egipto. En el momento en que Asiria se debilitó, apareció una nueva potencia, Babilonia, que impuso su autoridad en toda Mesopotamia hacia el 600 a. C. Jerusalén cayó en el 587 a. C. y el pueblo hebreo conoció la tragedia del Exilio.

La Época Persa (538-332 a. C.)

Cuando Ciro el Grande, rey de Persia, conquistó Babilonia, los judíos pudieron regresar a su tierra (538 a. C.). Siria y Palestina reunificadas no eran más que una provincia alejada del Imperio Persa que cubría todo el Medio Oriente. Los judíos tuvieron que soportar la hostilidad de los samaritanos hasta el nombramiento del judío Nehemías en el puesto de gobernador hacia la mitad del s. V. Gracias a su política, el pueblo se pudo beneficiar de una autonomía casi total. La reforma religiosa, instituida por Esdras, reforzó también su imagen.

La Época Helenística (332-63 a. C.)

La dominación persa se terminó en el 331 a. C., después de la campaña de Alejandro Magno en Palestina. A su muerte, en el 323, sus generales se repartieron el imperio: Ptolomeo tomó Egipto y Palestina, mientras que Seleuco se apropió de Siria y Babilonia. Palestina se convirtió en el campo de batalla de las dos dinastías y los Seléucidas triunfaron finalmente en el 200 a. C.

Desde el Exilio, el Sumo Sacerdote asumía muchas de las funciones que desempeñaba anteriormente el rey. Era importante usurpar ese puesto para obtener el poder absoluto. De esta forma, la dinastía seleucida reemplazó a la tradicional de los sadoquitas. Sin embargo, muy pronto se sublevó el pueblo contra la injerencia extranjera, ´dirigiendo los Macabeos la revuelta en el 167 a.C. Esta lucha por la libertad religiosa se generalizó en un a lucha también por la independencia política. La linea de los Macabeos creó la dinastía asmonea, con la que se reencontró de nuevo el imperio y el dominio de Palestina entera, la meseta del Golán y la ribera este del Jordán.

Los Romanos (63 a. C.-324 d. C.)

Roma utilizó la potencia del Estado judío, sirviéndole como tapón frente a los Partos, pero una guerra de exterminio recíproco acabó con la dinastía asmonea y los romanos se impusieron en el 63 a. C. Éstos situaron al estado judío bajo su tutela, dejándole cierta independencia en el plan administrativo. Por esta razón concedieron la autonomía al poderoso soberano romanófilo, Herodes el Grande, y añadieron nuevos territorios a sus dominios. Pero las debilidades de sus hijos, menos poderosos que su padre, obligaron a los romanos a retomar el control directo en el año 6 d. C. La autoridad política se confió a un procurador que habitaba en Cesarea.

Jesús nació unos años antes de la muerte del rey Herodes, en Belén de Judá. Vivió en Galilea, gobernada entonces por Herodes Anti-pas, hijo de Herodes el Grande.

El ministerio de Jesús de Nazaret (en torno al 27-30 d. C.), acontecimiento que cambió el mundo entero, no fue más que un elemento de la fermentación religiosa y política intensas que llevó a la primera revuelta judía en el año 66 d. C., aplastada con represalias por Tito y Vespasiano que destruyeron las tierras judías. La destrucción del Templo, en el año 70 d. C, determinó una transformación en el seno del judaísmo: el cumplimiento del ritual de los sacrificios se convirtió en algo imposible, la potencia de la vieja aristocracia sacerdotal pasó a un segundo plano y la Ley -no los sacrificios- debía asegurar la unidad de la comunidad.

Jerusalén siguió como centro de la comunidad, pero tenía el riesgo de convertirse en el corazón del nuevo movimiento nacionalista. El emperador Adriano decidió hacer de Jerusalén una colonia romana, denominada Aelia Capitolina. Este proyecto provocó la segunda revuelta judía (132-135 d. C.), dirigida por Bar Kojba, a quien algunos tenían por mesías, pero las armadas de Adriano triunfaron, y éste edificó la Aelia Capitolina sobre los escombros de Jerusalén.

Expulsados de Jerusalén y arrinconados en Judea, los judíos se marcharon hacia el norte: construyeron sus ciudades y sus sinagogas en Galilea y sobre el Golán. Palestina perdió su importancia, y los romanos -mientras recaudaban impuestos- no prestaron mayor atención a esta zona. Para el judaísmo, este período fue el de la codificación de la Misná, junto con la definición del canon de los libros inspirados y la unificación del texto masorético.

Durante los tres primeros siglos, los lugares santos y los cristianos de Palestina estuvieron sometidos a la paganización y vejaciones de los emperadores y autoridades romanas. En su carta número 58 a Paulino, San Jerónimo refiere que el emperador Adriano erigió las estatuas de Júpiter, Venus y Adonis en el área del Monte Calvario y sobre la gruta de Belén, respectivamente. En las persecuciones, Palestina dio un buen porcentaje de mártires. Así nos lo cuenta Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica y en los Mártires de Palestina.

Los Bizantinos (324-640 d. C.)

El paso de la época bizantina a la romana fue marcado por el traslado de la capital del Imperio Romano a Bizancio (330 d. C.), ciudad griega que los romanos bautizaron con el nombre de Constantinopla. Para el futuro de Palestina, las consecuencias políticas de esta implantación fueron menos importantes que la gesta de Constantino, que legalizó la religión cristiana (313 d. C.) y animó su propagación a partir del Concilio de Nicea (325 d. C.). Alentado por su madre Elena, Constantino empezó a construir grandes iglesias para consagrar los lugares santos asociados al nacimiento, la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo, dando nueva vida al país. La llegada de numerosos peregrinos a Tierra Santa -por ejemplo, Egeria (381-384 d. C.)- estimuló su desarrollo en todos los ámbitos. El desierto se llenó de monasterios e iglesias. San Hilarión fue el introductor del monaquismo en Palestina hacia el 330.

Palestina fue siempre lugar de controversias teológicas importantes, pero la violencia estalló en dos ocasiones en ese período: la revuelta de los Samaritanos en el 529 y, después, la invasión de los Persas en el 614. Estos estallidos de violencia fueron de corta duración, pero muy destructivos.

En esta etapa empiezan a venir numerosos peregrinos a Tierra Santa, atraídos por los recuerdos bíblicos. Algunos de éstos consignaron por escrito sus memorias. Por ejemplo, el peregrino de Burdeos (año 333), Euquerio (440) o el peregrino de Piacenza (570). Entre to- dos sobresale Egeria; su itinerario es de suma importancia. Esta mu- jer hizo su viaje a Palestina, Egipto, Sinaí, Jordania y Siria. Procedía de Galicia. Su diario es un documento de notable interés para la Filología y Geografía de Palestina y para la Liturgia, particularmente la jerosolimitana, por la descripción tan pormenorizada que hace de las fiestas de Semana Santa y Pascua.

La Primera Época Árabe (640-1.099 d. C.)

Dividido por la intrigas internas y agotado por la lucha contra los persas, el Imperio Bizantino ofreció poca resistencia a los árabes llegados del desierto y animados por la nueva fe de Mahoma (570-632 d. C). Palestina cayó en la batalla de Yarmuk, el 20 de agosto del año 636. Dos años más tarde, Jerusalén se entregó a Omar, el segundo califa y sucesor del profeta Mahoma. El califa entra en Jerusalén de la mano del patriarca Sofronio, que le conduce sobre las ruinas del Templo y, según la tradición, Omar limpia con sus propias manos la Roca Sagrada y prepara una parcela de terreno para lugar de culto. Las tropas bizantinas abandonan Siria y Palestina.

Los musulmanes consideraron el judaísmo y el cristianismo como predecesores del Islam y respetaron la Ciudad Santa de Jerusalén, que se convirtió de nuevo en lugar de peregrinación. La dinastía de los Oméyades (634-750 d. C.) fue muy activa en Tierra Santa. La capital local de Palestina es Ramle y fue construida por el califa Solimán a inicios del s. VIII. Es el período de la construcción en Jerusalén de la Casa de la Roca o Santuario de Omar, por Abd al Malik (688-691) y de la mezquita De Al Aksa (“la alejada”), obra de Abd-al Walid (705-715). De este tiempo datan también los palacios descubiertos al sur del área del Templo de Jerusalén y el palacio Hisham, al norte de Jericó.

Durante las distintas dinastías oméyades (634-750), abasidas (750- 950) y fatimidas (950-1.099), la ciudad de Jerusalén fue protegida y embellecida. Pero en 1.099, el califa Al-Hakim ordenó la persecución violenta contra los cristianos y la destrucción de sus iglesias.

Los cruzados (1.099-1.291 d. C.)

Jerusalén acogía regularmente a los grupos de peregrinos euro-peos, organizados hasta el momento en que cayó en manos de los Turcos Seldjúkidas en 1.071. Esta clausura fue percibida con gran frustración. El ánimo de los creyentes se exaltó y la llamada del papa Urbano II (1.095 d. C.) a constituir una gran armada para liberar los lugares santos fue recibida con gran entusiasmo. Este proyecto se realizó a pesar de que los fatimidas lograron retomar Jerusalén al inicio del 1.099. Los cruzados ocuparon la Ciudad Santa el 15 de julio del año 1.099 y fundaron el Reino Latino de Jerusalén. Su primera tarea fue masacrar a todos los habitantes musulmanes. Esta locura deterioró para siempre las relaciones entre cristianos y musulmanes.

El primer rey cruzado, Balduino (1.100-1.118), afianzó las fronteras del nuevo reino, adoptando el sistema feudal traído de Occidente por los cruzados. A nivel re- gional, Palestina nunca estuvo gobernada de una manera tan eficaz, sacándose el mejor partido a las limosnas enviadas por los cristianos de Occidente. Se construyeron castillos y fortalezas, como San Juan de Acre, iglesias y monasterios y convirtieron la Mezquita de Omar en el Templum Domini.

Después de la decisiva batalla de los Cuernos de Hateen en el 1.187, los cruzados perdieron su imperio frente a Saladino. A pesar de ello recuperaron una parte de su territorio a base de tratados firmados al inicio del s. XIII. Pero en 1.250, los bahritas (o mamelucos) destronaron a la dinastía ayúbida de Saladino; sus campañas le llevaron en 1.291 a la toma de San Juan de Acre, el último bastión de los cruzados.

Del paso de los cruzados sobreviven bellos y grandiosos monumentos arquitectónicos. Los castillos de Atlit, Arsuf, Monforte, Belvoir, Kerak y Krak de los Caballeros. Entre las iglesias, Santa Ana en Jerusalén y Emaús en Abu Gosh.

Los mamelucos (1.250-1.517 d. C.)

Los mamelucos no se ocuparon apenas de Palestina; sus esfuerzos se concentraron en Egipto, país destrozado por las luchas internas, y sobre Siria, cuyo imperio estaba continuamente amenazado por los Mongoles. Jerusalén atraía todavía a los peregrinos y a los sabios y, por su neutralidad política, recibía a los emires expulsados de otras naciones.

En el año 1.335, gracias a los reyes de Nápoles, Roberto y Sancha, los franciscanos, como representantes del mundo católico, se establecieron oficialmente en el convento del Monte Sión, en el lugar del Cenáculo, y entraron en el Santo Sepulcro junto con las otras comunidades cristianas.

Los Otomanos (1.517-1.918 d. C.)

Los Otomanos tomaron Constantinopla en 1.453 y vencieron a Egipto en 1.517. Los dos primeros sultanes fueron muy eficaces; uno de ellos, Solimán el Magnífico, reconstruyó las murallas de Jerusalén. Posteriormente, sus incompetentes sucesores intentaron retomar el control usurpado por los pachas egipcios. El descuido en el gobierno había dejado al pueblo palestino en manos de los corruptos pachas, que, a base de impuestos, lograron constituirse en un poder personal al interior del Estado. Los pueblos sin defensa eran fácil presa para los beduinos. Como consecuencia de esta inseguridad reinante, la población dejó los pueblos y los campos. También la población de Jerusalén comenzó a disminuir, y algunas de sus zonas cayeron en el abandono.

A pesar de este éxodo, la comunidad judía creció en esta época. Empezaron a sufrir persecuciones en Europa y en Rusia, y fueron a refugiarse en Palestina, país frágil, pero donde las manifestaciones antisemitas eran raras.

Las raíces históricas de un conflicto milenario (desde 1.918 hasta nuestros días)

Los conflictos de Oriente Medio han marcado la historia de la segunda mitad del s. XX. Es evidente que los procesos históricos hunden sus raíces en el pasado y que su evolución en el presente condicionará su proyección en el futuro. En el caso de Oriente Medio, este postulado se cumple con creces. No se pueden entender las consecuencias de este conflicto, ni su evolución actual, sin el pasado inmediato. La pretensión sionista de lograr del Imperio Otomano un “hogar” judío, en un primer momento, y de la administración colonial británica, después, a caballo entre los ss. XIX y XX, se materializó después del holocausto sufrido en la segunda guerra mundial por los judíos. Del modo como se planteó y desarrolló el proceso de la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel han dependido las guerras, las olas de terrorismo, las amenazas de un tercer conflicto mundial y las crisis económicas internacionales que sobrevinieron en años posteriores.

José Luis Ferrando Lada