Dios se hace historia

Dios se hace historia

Desde el punto de vista de la geografía histórica nos encontramos ante una tierra que ha sido habitada por diversos pueblos y que ha recibido nombres distintos. En el Antiguo Testamento, los escritores sagrados la llaman “Canaán” o “Tierra de Canaán”, sobre todo cuando la tierra era sólo una promesa o una esperanza. El nombre de “Palestina”, el más común fuera de los ambientes judíos, empezó a generalizarse a partir de los bizantinos, que lo tomaron del lenguaje administrativo del Imperio Romano. Éstos no inventaron el nombre, sino que lo heredaron de Herodoto, que llama Siria-Palestina a la región que va desde Fenicia a Egipto. Etimológicamente, Palestina viene de Palastu o Peléshet, que es el nombre que recibe el país de los filisteos en los documentos cuneiformes asirios del s. VIII a. C. La denominación de Éretz Yisrael, utilizada por la literatura rabínica y consagrada por el Estado de Israel actual, aparece solamente once veces en la Biblia.

Geografía de la tierra Los principales lugares bíblicos se encuentran en la región delimitada por el Mediterráneo al oeste, el Jordán al este, el Líbano al norte y el desierto del Négueb al sur. En total, unos 34.000 km2. Sus picos más altos son:

el Monte Hermón, en el Golán, con 2.814 m;

el Monte Merón, en la Alta Galilea, con 1.208 m;

el Monte Tabor, en la Baja Galilea, con 588 m;

el Monte de los Olivos, en Jerusalén, con 805 m.

y el Monte Ramón, en el Négueb, con 1.035 m.

Una de las claves para comprender la importancia de esta tierra a lo largo de la historia se explica por su situación geopolítica. Una mirada global a la región nos desvela esta tierra como puente entre dos continentes: África y Asia. Por eso, las grandes vías de comunicación desde antiguo la atravesaban, particularmente la Via Maris, que unía el imperio faraónico con los imperios mesopotámicos. El comercio, la cultura y las armas atravesaron desde siempre estas tierras, marcando su vocación de paso entre imperios. La otra vía internacional atravesaba desde Egipto y el Sinaí y, cruzando de sur a norte la actual Jordania, llegaba hasta Mesopotamia. Ésta era la Via Regia. Posiblemente es la que siguió el pueblo de Israel durante el Éxodo.

Vamos a detenernos ahora en las tres grandes unidades geográficas que recorren verticalmente el país, de oeste a este: la llanura costera mediterránea, la cadena central y el Valle del Jordán.

La llanura costera mediterránea

La llanura costera mediterránea se extiende de norte a sur desde Ras Naqura hasta Gaza, con una extensión de 180 km. El Monte Carmelo la divide en dos partes desiguales, de las que el tramo norte es muy estrecho. Las montañas del interior llegan con sus faldas casi hasta el mar, incluso formando acantilados a la altura de Ras Naqura. A partir de San Juan de Acre, esta llanura va adquiriendo una mayor amplitud, entre 6 y 10 km. El tramo al sur del Carmelo se va ensanchando poco a poco y da lugar a tres llanuras: la llanura de Atlit o Dor, la de Sarón y la llanura filistea. La Llanura de Sarón es cantada en la Biblia por su fertilidad (Is 35,2; Cant 2,1).

La costa mediterránea es rectilínea, sin salientes capaces de formar puertos naturales. Esto explica que el puerto de Palestina se haya desplazado varias veces a lo largo de la historia, y que el mar haya tenido tan poca importancia en la vida de sus habitantes. Durante la época de la monarquía, el puerto estaba en Jafa (2Cr 2,15; Jon 1,3). Cuando Herodes edificó la ciudad de Cesarea, engrandeció el antiguo puerto fenicio de la Torre de Straton. A Cesarea se le llamaba “la puerta de Roma”. Aquí tenían su sede los gobernadores. Poncio Pilato, cuyo nombre fue encontrado en una inscripción durante las excavaciones, residió aquí. Pablo estuvo preso dos años antes de ir a Roma (Hch 23-27). En el tiempo de los cruzados, el puerto de Jafa, junto con el de Atlit (Castellum Peregrinorum) y el de San Juan de Acre, volvió a tener importancia. Durante el mandato inglés se empezaron las obras del puerto de Haifa en su bahía, así como posteriormente, más al sur, en Asdod y Ascalón, que se han convertido en los puertos más importantes del Estado de Israel.

La cadena central

La cadena central es como la columna vertebral y es un yugo de montañas, dividido en dos secciones por la célebre llanura de Esdrelón o Jezrael, que cruza en oblicuo desde el Mediterráneo al Jordán, dando paso a la Via Maris a través de tres enclaves históricos: Megido, Yoknean y Taanak, en dirección al Jordán a través del Valle del Jarod. La sección norte corresponde a Galilea, y la sur, a las montañas de Samaría y de Judea.

Galilea presenta dos planos distintos: Alta y Baja Galilea:

- La Alta Galilea es muy montañosa y se denomina también “la Montaña” o “la Montaña de Neftalí” (Jos 20,7). Al norte de Safed y del Monte Merón (1.208 m.), la Alta Galilea se eleva hasta los 1.000 m., constituyendo un intrincado conjunto de montes y valles.

- En la Baja Galilea, los valles se ensanchan hasta formar llanuras y los montes no rebasan la categoría de colinas, inferiores siempre a los 600 m. Entre éstas destacan las que rodean la ciudad de Nazaret (573 m.) y el Monte Tabor (588 m.). Hacia el oeste sobresale el mencionado Monte Carmelo, que se extiende de noroeste a sureste a lo largo de 24 km. y llega a alcanzar 546 m. de altura. Entre el Carmelo y el Jordán está la llanura de Esdrelón, que tiene la forma de un triángulo irregular de una media de 25 km. de lado. Desde esta llanura, a través del Valle Jarod se accede al Jordán, en presencia de los Montes de Gelboe (1Sam 31) y de la colina de Moré (Jue 7; Lc 7,11-17).

Interrumpido por la llanura, el yugo montañoso vuelve a reaparecer en las montañas de Samaría, entre las que destacan los montes bíblicos Ebal (940 m.) y Garizín (881 m.), separados por el estrecho Valle de Nablus, donde se encuentra la ciudad antigua de Siquén. A partir de aquí comienza la cadena de colinas que, a través de la extensa tribu de Efraín y Benjamín, llega hasta las puertas de Jerusalén. El Monte de los Olivos, que domina de cerca Jerusalén, está a 805 m.

Entre Jerusalén y Berseba, sobre una extensión aproximada de unos 70 km. de longitud por 20 km. de anchura, se extienden los montes de Judá, que forman un bloque compacto y homogéneo, cuya altura alcanza 1.000 m. en algunos puntos. A pesar de sus altibajos, la montaña de Judá forma una meseta que se eleva sobre los profundos valles que la rodean. Después de la depresión de Berseba, reaparece el yugo montañoso en el desierto del Négueb.

Con el nombre de Sefela (tierra baja) designa la Biblia la región que se localiza entre la montaña de Judá y la costa mediterránea. La Sefela no es llanura propiamente, ni montaña, sino transición de la una a la otra (Dt 1,7; Jos 10,40). Era proverbial la fertilidad de la Sefela por sus sicómoros (1Re 10, 27; 2Cr 1,15), pero su celebridad le viene por su posición estratégica. Por la Sefela suben hasta la montaña de Judea tres valles bíblicos muy celebres: el Valle de Ayalón (Jos 10,12; 1Sam 14,31; 2S 5,25; 1Mac 3,13-24; 1Mac 3,28); el de Sorá, que nos recuerda la figura de Sansón (Jc 13-16) y, finalmente, el Valle del Terebinto, en el que se desarrollaron las guerras de los filisteos, que nos traen a la memoria a David y Goliat (1Sam 17).

El Valle del Jordán

El Río Jordán es el factor geográfico más característico de Tierra Santa. El valle que le sirve de lecho es la falla tectónica más larga de la tierra (6.500 km.), que parte de Turquía al pie del Monte Amanus y, después de atravesar Siria, Líbano, Israel y el Mar Rojo, reaparece en los lagos de Tanganica, en África. El Valle del Jordán es, también, la depresión más profunda de la tierra. El tramo que cruza Israel corre, casi siempre, por debajo del nivel del mar.

Las fuentes principales del Jordán son tres: Banias, en Cesarea de Filipo, Hasbani y Ledán. Las dos primeras, una en Siria y la otra en el Líbano, nacen en las faldas del Monte Hermón (2.814 m.); la tercera se halla junto a la ciudad bíblica de Dan. Varios manantiales más fluyen a la altura del Valle de Hula (Jos 11). Después de éste, el Jordán desemboca en el Lago de Tiberíades a 210 m. bajo el nivel del mar.

El Lago de Tiberíades, llamado también Lago de Genesaret o Mar de Galilea, tiene 21km. de largo, por unos12 de ancho, con un profundidad media de 48 m. El lago y sus alrededores forman un gigantesco anfiteatro natural. Entre el lago y el Mar Muerto, en una distancia recta de 100 km., el Jordán cumple un recorrido real de más de 300 Km., debido a los múltiples meandros que va formando. Al Valle del Jordán, en el tramo de Tiberíades al Mar Muerto, se le llama Gor. Es muy fértil y tiene una anchura entre 2 y 25 km.; el tramo del Mar Muerto al Mar Rojo es la Arabá, con una anchura de 9 a 20 km. El Mar Muerto es el más salado de la tierra con 350-370 gr. por mil de salinidad. Esta salinidad impide al Mar Muerto prácticamente albergar seres vivos y favorece enormemente la flotación. Tiene alrededor de 80 km. de largo, por unos 18 de ancho. La superficie está a unos 400 m. bajo el nivel del Mar Mediterráneo.

El dato climático

El clima de Tierra Santa es subtropical, con algunas particularidades que se explican por el relieve del país. Podemos distinguir dos estaciones: un invierno húmedo y un verano seco. Las primeras lluvias caen en octubre-noviembre, pero, sobre todo, son muy abundantes en enero y febrero. Se reparten de manera desigual sobre el país: 1.000 litros en la Alta Galilea, 700 en la cadena central, 630 en Jerusalén; la región del Mar Muerto apenas recibe 100 litros. Durante el mes de mayo, el khamsim, viento cálido que sopla del desierto, reseca toda la vegetación y acelera la maduración de las cosechas.

La temperatura es igualmente diferente de una región a otra. En la costa, durante el verano, la media es de 28 grados centígrados y de 11, en invierno. En Jerusalén puede nevar durante dos o tres días consecutivos, aunque no es muy frecuente; su temperatura media en invierno es de 12 grados durante el día y de 6 por la noche; en verano, sube raramente hasta 40 grados, pero las noches son frescas. Por el contrario, en torno al Mar Muerto, en verano, el calor es sofocante y puede superar los 40ºC. En la zona del lago de Tiberíades, las temperaturas se suavizan por lo común, pero como la humedad suele ser elevada, la sensación térmica es de más calor, especialmente en verano.

Flora y fauna

La Biblia describe la Tierra Santa como el país que mana leche y miel. Moisés se refiere a él, también, en uno de sus discursos de manera semejante (Dt 8,7-8). Las nuevas técnicas en agricultura, obra de emprendedores, consigan cultivo muy variados.

La flora tradicional de Palestina es la de los países mediterráneos. Se cultiva el olivo y la viña, particularmente en las colinas. La llanura costera es célebre por sus limones y las naranjas de Jafa; se cultiva igualmente el algodón. En el valle del Jordan prevalece la flora de los países cálidos: palmeras y acacias.

La fauna es abundante en Palestina, donde podemos encontrar antílopes y gacelas. Se está haciendo un gran esfuerzo por recuperar las especies bíblicas. En el lago de Tiberíades se encuentran numerosas e interesantes especies de peces. Entre los animales domésticos destacan la cabra, oveja, buey, asno, dromedario y el caballo.

Conclusión.

Esta tierra es irrenunciable para los cristianos. Los orígenes del cristianismo están perfectamente circunscritos a este espacio. Por la Encarnación, podemos reconocer a Jesús, Dios hecho hombre, pero no un hombre abstracto, sino un palestino, que vivió en Nazaret y anunció el evangelio en Galilea, Samaría y Judea. Este enraízamiento en unos marcos cronológicos y geográficos previene al cristianismo de convertirse en una filosofía o un sistema más. Sin embargo, tampoco podemos olvidar que los escritos del Nuevo Testamento nos invitan a la desterritorialización. Sus autores están positivamente interesados en descargar a la tierra prometida de sus connotaciones geográficas y espaciales, para convertirla en una realidad espiritual y escatológica.

El cristianismo se encuentra dividido entre dos fidelidades:

- La fidelidad a la dimensión a territorial del Nuevo Testamento, que proclama que Dios no pide ser adorado en el Monte Garizín ni en Jerusalén, sino con espíritu y verdad (Jn 4,21-24). y

-la fidelidad a la Encarnación, que le permite romper su vinculación con el Jesús de la historia, exactamente delimitado por una cronología y unas fronteras. Estas fidelidades son perfectamente armonizables, como lo son el Jesús de la historia y el Cristo de la fe.

José Luis Ferrando Lada