Dios y el hombre dialogan

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LA CRÍTICA BÍBLICA (TEXTUAL)

El objeto de la crítica textual es restaurar en la medida de lo posible el texto original de una obra que se ha perdido. Uno de los primeros asuntos que confronta quien estudia la literatura antigua es el del texto original. ¿Qué fue lo que realmente escribió el autor original? ¿Qué palabras vinieron de su pluma? ¿El texto que usamos es idéntico a su forma original? La crítica textual se refiere al estudio de las numerosas variantes que hay en el texto de la Biblia y al esfuerzo por recuperar el texto “original”.

El punto decisivo en la historia del texto fue la invención de la imprenta por Gutenberg en 1450. Antes, todos los libros eran producidos a mano. La "edición" de cualquier libro podía ser realizada por un grupo de copistas o escribas, que escuchaban a un lector que dictaba a partir de una copia "maestra". Ellos escribían lo que escuchaban. Ahora bien, hoy en día con tanta preocupación por la precisión, cada libro impreso contiene errores tipográficos no descubiertos por los correctores. (El lector cuidadoso descubrirá algunos errores en estos apuntes.) Cuando cada copia se escribía a mano por diferentes personas, no había dos copias exactamente iguales; y en la multiplicación de copias, se multiplicarían inevitablemente los errores.

Papiros y pergaminos

Primeros testimonios: Sumarios (3.500 a.C) fueron los inventores de la escritura. Sobre piedra, arcilla fresca: signos que se trazaban con un estilete de madera o metal. Escritura cuneiforme. Secada al sol o al horno. Se ha descubierto miles de tablillas en Nínive, Mari, Ugarit, Ebla.

Los libros antiguos eran muy diferentes de nuestros volúmenes modernos. El "papel" era un material frágil hecho de tiras cortadas de la médula de una planta llamada papiro. Estas tiras se unían con pegamento en direcciones opuestas.

El papiro se usó sobre a partir del 3.000 a.C. de la caña del papiro que se cultivaba a orillas del Nilo. Se escribía con tinta con pincel o pluma.

Este material no era durable, por eso muchos de los volúmenes en papiro del Nuevo Testamento han desaparecido. En tiempos modernos se han hecho grandes descubrimientos de papiros, tanto bíblicos como seculares, en las arenas secas de Egipto.

Un material más durable usado para los libros antiguos era un tipo de cuero de ovejas o cabras especialmente preparado, llamado pergamino o vitela. Se perfeccionó en Pérgamo, en el año 100 a.C. de ahí el nombre de pergamino. En pergamino tenemos 1Tim 4,13 y el llamado Códice de Pérgamo, siglo I d.C. Este material continuó en uso hasta tiempos tardíos de la Edad Media, cuando fue reemplazado por el papel.

La forma común de los libros antiguos era el rollo. Los rollos no excedían unos doce metros de largo, porque un rollo más largo era difícil de manejar. Si un escritor quería producir una obra más extensa, tendría que usar varios rollos. Los dos libros más largos del Nuevo Testamento, Lucas y Hechos, podrían haber llenado un rollo de diez a once metros. Por esto, probablemente, Lucas publicó su obra en dos volúmenes.

La ilustración más conocida de estos rollos antiguos es la colección encontrada cerca del Mar Muerto a partir de 1947, llamada "Rollos del Mar Muerto". Era la biblioteca de una secta judía de Qumrán, contemporánea con Jesús, que formaba una comunidad separada. Ellos no sólo copiaron los libros del Antiguo Testamento, sino que también produjeron una extensa literatura propia. La mayor parte de estos rollos son de cuero, no de papiro.

En los siglos IX-X la Biblia hebrea reproduce como texto base el manuscrito de Leningrado B-19, datada en los años 1008-9 d.C.

En 1896 se encontró en una ghenizah del Cairo un manuscrito de los siglos IX-X d.C.

Manejar tales rollos, para los lectores, y los escritores y copistas era un tanto incómodo. Cerca del final del siglo II se desarrolló una nueva forma de libro -el códice- o libro con hojas. Un códice se formaba doblando hojas de papiro y cosiéndolas juntas. La forma de códice también se usaba en libros de pergamino.

La escritura, tanto sobre los rollos como sobre los códices, se hacía en columnas uniformes de cinco a ocho centímetros de ancho. El antiguo estilo de escritura griega usado en obras literarias, llamado uncial, era similar a nuestras letras mayúsculas. Pero las palabras estaban escritas juntas, sin espacios entre ellas, y prácticamente sin puntuación. En el siglo IX se inició un nuevo estilo. Utilizaba letras minúsculas escritas de corrido. La división moderna de la Biblia en versículos no fue introducida sino hasta el siglo XVI.

Necesidad y procesos de la crítica textual

Los Judíos tenían la costumbre de destruir los libros sagrados que ya no se usaban, se enterraban con los restos de personajes santos o se escondían en una ghenizah. Del siglo IV, cuando se utilizaba el pergamino, tenemos los más antiguos manuscritos de la Septuaginta y del Nuevo Testamento. Solo un milagro podría haber conservado el texto de los escritores inspirados hasta nosotros sin alteración o corrupción, y esto no ha ocurrido. Igualmente transcribir sin errores un largo trabajo es muy difícil, y a priori, uno puede estar seguro, que no hay dos copias iguales del mismo original.

Clases de errores del texto

Los errores introducidos por los copistas se puede dividir en dos clases: los involuntarios, y los que están total o parcialmente intencionados. De ahí las variaciones observadas entre los manuscritos.

Los errores involuntarios pueden ser producidos por la vista, el oído y la memoria. Confundir letras y palabras similares.

Cuando el ejemplar está escrito con versos de la misma medida, el ojo del copista puede saltar una o varias líneas. Si dos pasajes tienen un mismo final se puede, sin querer, omitir uno de ellos. Algo similar ocurre cuando varias frases comienzan con las mismas palabras.

Los errores de la audición se producen con la escritura al dictado. E incluso cuando hay palabras parecidas o se pronuncia en voz baja. El error de memoria se produce cuando, en lugar de escribir el pasaje, el escritor recuerda un pasaje paralelo. Los errores de este tipo son los más frecuentes en la transcripción de los Evangelios.

Los errores intencionados, total o parcialmente, son más raros en el texto sagrado, y en general no suele haber errores con fines dogmáticos. Puede haber cambio de pasajes, cuando se escribe un pasaje que no se entiende, o se desea expresar mejor. Esto ocurre en la forma más corta del Padre nuestro en Lucas, 11,2-4, en casi todos los manuscritos griegos se alarga de acuerdo con Mateo, 6, 9-13. La mayoría de errores de ese tipo insertan en el texto notas marginales que, en la copia que se transcribe, explicaciones, o pasajes paralelos. A veces los copistas tienen tendencia a completar las citas que les parecen demasiado breves.

Otras consideraciones

Esto nos hace pensar que un texto tantas veces transcrito, y del que encontramos tantas versiones, resulta difícil saber cuál sería el original. Hay más de 30.000 variantes del Nuevo Testamento, pero a veces son detalles sin importancia. Esto también ocurre con la Vulgata, comparada con el primitivo texto hebreo y la versión de los Setenta.

Decíamos que el objeto de la crítica textual es restaurar una obra para dejarla “tal” como habría salido de las manos de su autor. Pero es posible que el propio autor puede haber emitido más de una edición de su obra. Nosotros mismos, elaborando un texto, podemos ir corrigiendo en el ordenador muchas veces. Pero en aquellos tiempos, lo escrito quedaba. Esto los vemos en textos de Jeremías, entre el texto griego y el hebreo, y también en San Lucas, entre el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles.

Principios generales de la crítica textual

Con el fin de restablecer un texto en toda su pureza, o por lo menos a eliminar en la medida de lo posible, sus falsificaciones sucesivas, es necesario consultar y sopesar todas las pruebas.

Evidencia

La evidencia de una obra de la que se había perdido el manuscrito original es proporcionada por copias o manuscritos; versiones; y la edad.

La edad se indica a veces por una nota en el manuscrito, pero la fecha, cuando no se sospecha de falsificación, sólo puede ser transcrito a partir del ejemplar. Sin embargo, cuando los manuscritos son de fecha no muy antigua, se debe recurrir a indicaciones paleográficas que por lo general determinan con suficiente precisión la edad de los manuscritos griegos y latinos. La paleografía del hebreo, aunque más incierto, presenta menos dificultades, porque los manuscritos hebreos no son tan viejos. Además, la edad exacta de una copia, tiene menor importancia. En igualdad de condiciones, la presunción es, naturalmente, a favor del documento más antiguo, ya que está conectado con el original por menos enlaces y por lo tanto ha estado expuesto a menos posibilidades de error.

Podríamos también guiarnos por el lugar de nacimiento de un manuscrito, pero los manuscritos antiguos a menudo viajaban mucho, y su lugar de origen rara vez se conoce con certeza. Por ejemplo, Códice Vaticano Contiene la Setenta y el Nuevo Testamento del s- IV d.C) y el Sinaítico (recuperados en 1844-1859 Antiguo y Nuevo Testamento ), algunos opinan que se escribieron en Cesarea de Palestina, mientras otros sostienen que fueron escritas en Egipto y se copiaron en Occidente, probablemente en Roma (Codex Vaticanus) y Codex Sinaiticus. Por lo tanto en esta materia debe ser cuidadosa la comparación de manuscritos.También el Códice Alejandrino, del siglo V de la Biblia Griega, contiene la mayor parte de la Septuaginta y del Nuevo Testamento. Junto con el Codex Sinaiticus y el Codex Vaticanus, es uno de los primeros y más completos manuscritos de la Biblia. Se cree que se escribió en Alejandría. Deriva su nombre de la ciudad de Alejandría, donde se cree que fue hecho. Está escrito en dos columnas en caligrafía uncial. El manuscrito contiene todos los libros del Nuevo Testamento. Algunos eruditos han llegado a la conclusión de que ambos manuscritos griegos de la Biblia formaron parte de las cincuenta copias que el emperador Constantino mandó hacer después de su conversión.

Versiones

La importancia de las versiones antiguas de la crítica textual de los libros sagrados se deriva del hecho de que las versiones están a menudo muy por delante de los manuscritos más antiguos. Así, la traducción de la Septuaginta era anterior en diez o doce siglos, a las copias más antiguas del texto hebreo que han llegado a nosotros. Y para el Nuevo Testamento, la cursiva y las versiones Peshito son del siglo II, y el copto del III, mientras que el "Vaticano" y la "Sinaiticus", que son nuestros más antiguos manuscritos, a partir del siglo IV.

San Jerónimo al analizar los textos de la Septuaginta decía que ofrecen una diversidad sorprendente. Por estas razones, el uso de las versiones en la crítica textual es un asunto delicado, pero no cabe duda que con las distintas versiones, en este caso la Setenta, se puede llegar a reconstruir mejor el texto primitivo del Antiguo Testamento.

Las Citas

Ya hemos dicho que los Padres de la Iglesia han comentado con frecuencia los textos sagrados, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Esto, a su vez, son nuevas fuentes para una reconstrucción mas fiable de los textos originales. Pero hay que ser precavido, puesto que muy a menudo los textos bíblicos se citan de memoria. En el caso de Orígenes y San Jerónimo, que se basan en manuscritos más antiguos, su trabajo nos da una garantía mayor que otros escritores de su tiempo.

Texto hebreo del Antiguo Testamento

El número de manuscritos en hebreo es muy grande. En principio se catalogaron más de 1300. Esta cifra ha aumentado considerablemente, gracias a los descubrimientos realizados en Egipto, Arabia, Mesopotamia, y sobre todo en la guerra de Crimea. Lamentablemente, los manuscritos hebreos son relativamente recientes, pues ninguno es anterior a los siglos IX y X. El "Codex babylonicus" de los profetas, es el más antiguo y está datado en el 916. El manuscrito "Oriental 4445" del Museo Británico se remonta a mediados del siglo IX. Cuando los manuscritos hebreos se comparan entre sí, es sorprendente encontrar la gran semejanza. Este hecho tan favorable, nos inclina a creer que es muy fácil restaurar el texto primitivo de la Biblia hebrea, que ha sido tan cuidadosamente copiada. Pero vemos que los manuscritos no coinciden ni siquiera en las imperfecciones del material y los errores más visibles. Esto nos hace sospechar que todos los manuscritos hebreos conocidos reproducen incluso los defectos e imperfecciones. El texto fue establecido y canonizado entre los siglos I y II de nuestra era, después de la destrucción del Templo y la caída de la nación judía. Todas las sectas del judaísmo se redujeron a una escuela. De hecho, este texto se diferencia del que San Jerónimo utilizó para la Vulgata, Orígenes de la Hexapla, y Aquila, Símaco y Teodoto de sus versiones del Antiguo Testamento, y difiere mucho del texto seguido en la Setenta. Por los siglos transcurridos entre la composición de los distintos libros del Antiguo Testamento y la determinación del texto masorético, es probable que se introdujeran serias modificaciones, porque además se habían producido dos hechos importantes; un cambio en la escritura -el paso del fenicio antiguo al hebreo- y un cambio en la ortografía, la separación de las palabras que antes estaban unidas. Una mención debemos hacer a la edición de la Vulgata de Stuttgart, publicada por la Deutsche Bibelgesellschaft. Intenta reconstruir el texto original que publicó Jerónimo hace 1.600 años mediante la comparación crítica de los manuscritos más importantes. Una característica importante de esta edición para los estudiosos de la Vulgata es la inclusión de todos los prólogos de Jerónimo a diferentes libros.

Una consecuencia evidente de lo que se acaba de decir es que la comparación de manuscritos existentes nos aclara el texto masorético, pero no el texto primitivo. Solamente el Pentateuco Samaritano y la versión de los Setenta nos pueden ayudar. El Pentateuco Samaritano es una recensión independiente del texto hebreo, que data del siglo IV a.C. época en la que los samaritanos, con Manasés, estaban separados de los Judíos, por lo que no se sospecha de ninguna modificación importante. En cuanto a la versión de los Setenta, sabemos que se inició, alrededor de 280 a.C.

Texto griego del Nuevo Testamento

La mayor dificultad que enfrenta el editor del Nuevo Testamento es la infinita variedad de los documentos a su disposición. El número de manuscritos aumenta tan rápidamente que no hay una lista es absolutamente completa. Hay que reconocer que muchos de estos textos son solo fragmentos de los capítulos o incluso de versículos. Los grandes unciales (escrito tipo mayúsculas y sin separación entre las palabras) no están todos recogidos, y muchos de ellos, son todavía objeto de debate. El texto de las versiones principales y de las citas patrísticas está lejos de estar satisfactoriamente editados, y la relación genealógica de todas estas fuentes de información no está decidido todavía. Estas dificultades explican la falta de acuerdo por parte de editores y la falta de conformidad en las ediciones críticas publicadas hasta el día de hoy.

Breve historia de las ediciones críticas y principios seguidos por los editores de la primera publicación del Nuevo Testamento en griego es la que constituye el quinto volumen de la Complutense de Alcalá, compilada por el Cardenal Cisneros que se terminó 10 de enero 1514, pero que fue dado a conocer en 1520, por tener primero la aprobación del Papa. Entre tanto, a principios de 1516, Erasmo publicó su edición rápidamente completado en Basilea.

A veces surgen los problemas en el texto por la manera en que se han dividido las palabras. Por ejemplo, en (1Tm 3,16) tenemos las letras OMOLOGOYMENOS, que pueden ser traducidas como una sola palabra griega, “indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad"). También pueden ser tomadas dividido en dos palabras: OMOLOGOYMEN OS: “confesamos que”. Los eruditos tienen que decidir cuál es la traducción más verosímil.

Poseemos un número abrumador de manuscritos del Nuevo Testamento. Además de los setenta y cinco papiros tenemos unos 250 manuscritos unciales, esto es, de libros producidos entre los siglos IV y IX. Pero muchos de ellos son incompletos y contienen sólo parte del Nuevo Testamento. Además tenemos más de 2.600 manuscritos minúsculos, producidos entre los siglos IX y XV. Aparte de estos manuscritos griegos, poseemos el Nuevo Testamento en otros idiomas antiguos, tales como latín, siríaco, etíope, copto, gótico y armenio. Estas traducciones se llaman versiones. Algunos problemas que encontramos en el texto griego a menudo pueden “recibir luz” leyendo dichas versiones, porque el texto en estas traducciones antiguas puede ofrecer un buen texto griego.

De las versiones, la Latina es la que más nos interesa, por el papel que ha desempeñado en la Iglesia Católica. El Nuevo Testamento comenzó a ser traducido al latín a finales del siglo II, y fue usado ampliamente en el norte de África y en Europa durante el siglo III. El hecho de que haya sido copiado a veces con descuido se prueba no sólo por el estudio de los textos del latín antiguo, sino también por las palabras de S. Agustín (+430), que se quejaba diciendo: “Cuando alguien adquiere un manuscrito griego y cree poseer facilidad en ambos idiomas (no importa cuán pobre fuera su conocimiento), se atreve a traducirlo." Jerónimo (+420) también se quejaba de que hubieran casi tantas traducciones como manuscritos griegos. Esta proliferación de textos en latín mal traducidos, se ilustra en casos tales como la existencia de al menos veintisiete lecturas variantes de Lucas 24,4-5 en los manuscritos que quedan en Latin.

Tan grande era la corrupción del latín antiguo que en 382 d.C. el papa Dámaso solicitó al mayor erudito bíblico, Jerónimo, que llevara a cabo una revisión de la Biblia Latina. Esta revisión, conocida como la Vulgata, se basó en los mejores textos latinos disponibles, que fueron comparados con algunos manuscritos griegos antiguos. Jerónimo bajo la presión de algunos amigos, añadió a su traducción del Antiguo Testamento ciertos libros tardíos no canónicos, sabiendo que no formaban parte de las Escrituras canónicas. Estos libros "apócrifos" en el siglo XVI, fueron declarados canónicos por la Iglesia Católica.

La Vulgata misma, en el proceso de copiado, llegó a tener bastantes errores. Han sobrevivido de la Vulgata más de 8.000 manuscritos, y están llenos de lecturas divergentes. El Concilio de Trento (1546) reconoció la necesidad de una auténtica edición de las Escrituras en latín, que fue preparada y publicada en 1592 por el papa Clemente VIII y es conocida como la versión "Clementina". Esta versión ha llegado a ser la Biblia en latín oficial de la Iglesia Católica hasta el día de hoy.

Volvamos a la historia del Nuevo Testamento en griego. Cuando Gutenberg inventó la imprenta, su primera publicación de importancia fue una magníflca edición de la Vulgata de San Jerónimo, que se llamó la Biblia de Gutenberg. El primer Nuevo Testamento en griego que fue impreso (1516) fue el trabajo del famoso erudito Erasmo. Éste, no pudiendo encontrar un manuscrito que completo, hizo uso de varios manuscritos de diversas partes del Nuevo Testamento; pero se basó principalmente en dos manuscritos del siglo XII, que ahora reconocemos como bastante inferiores.

Uno de los críticos textuales más incansables fue Constantino Tischendorf, que entre publicó un Nuevo Testamento griego en dos volúmenes, acompañado un registro de todas las lecturas variantes conocidas por los eruditos hasta ese tiempo. Esta obra representa un trabajo crítico muy completo.

Mientras Tischendorf era un joven catedrático en Leipzig, hizo un viaje a través del Medio Oriente en busca de manuscritos bíblicos. En el monte Sinaí, en el monasterio de Santa Catalina, observó una canasta de desechos llena de papeles, entre los cuales encontró algunas hojas de pergamino." Al examinarlos, vió que eran hojas de una traducción del Antiguo Testamento al griego, escritas en un tipo de escritura uncial. Rescató cuarenta y tres páginas de esa canasta. Luego un monje le informó que dos canastas llenas de esas hojas habían sido usadas para encender el fuego en el monasterio. Se le permitió tomar consigo esas hojas de regreso a Europa, que ahora están en la biblioteca de la Universidad de Leipzig.

En 1859 Tischendorf regresó al monasterio de Santa Catalina, bajo los auspicios del zar de Rusia. Un día antes de su partida regaló al mayordomo del monasterio una copia de una edición suya de la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento), que había publicado recientemente. El mayordomo le dijo que él también tenía una copia de la Septuaginta. Sacó de su celda un manuscrito que revelaba ser el volumen del cual habían sido cortadas aquellas cuarenta y tres hojas. Conteniendo su emoción, Tischendorf pidió permiso para examinar el manuscrito aquella noche. Le dieron permiso, se retiró a su cuarto y estuvo toda la noche estudiando este texto tan valioso. No solo encontró la mayor parte del Antiguo Testamento, sino también el Nuevo Testamento completo y en perfecto estado. Además, encontró dos documentos cristianos primitivos: la epístola de Bernabé, conocida sólo por una pobre traducción al latín, y una gran parte del Pastor de Hermas, conocido sólo por su título.

Tischendorf trató de comprar el manuscrito sin éxito. Pero se le permitió acceder al mismo en otro monasterio hermano de El Cairo. En dos meses, con un grupo de ayudantes, transcribieron todo el manuscrito. Después logró persuadir a las autoridades del monasterio de Santa Catalina si le regalaran el manuscrito al zar de Rusia, protector del monasterio, se ganarían su favor. De esta manera, el valioso manuscrito pudo estar al alcance del mundo de la erudición. Ahora hay reproducciones fotográficas en la mayoría de las bibliotecas teológicas. Después de la revolución rusa, la Unión Soviética vendió el manuscrito al Museo Británico de Londres, por 500.000 dólares -una transacción que atrajo la atención mundial. Este manuscrito, llamado Códice Sinaítico, es de una fecha temprana en el siglo IV y ha demostrado ser uno de los mejores textos del Nuevo Testamento. Si Erasmo hubiera tenido acceso al mismo, nuestras primeras Biblias en castellano hubieran tenido un texto mucho más exacto.

La Ipsissima verba se refiere a las palabras en arameo que aparecen en los evangelios que podrían ser las palabras reales que Jesús pronunció. Mientras que los manuscritos traducidos en el Nuevo Testamento canónico fueron originalmente escritos en griego de koiné, unas pocas palabras arameas han sobrevivido en algunos textos. Si la lengua nativa de Jesús era el arameo, estos dichos particulares podrían preservar las mismas palabras que Jesús pronunció, como las "Siete Palabras”.

El erudito que hace la Crítica textual usa recursos críticos y científicos para establecer cuál es el texto. Este ejercicio de la crítica es absolutamente indispensable, porque aunque Dios inspiró a los escritores de la Biblia, encomendó su reproducción y preservación a las alternativas de la historia humana. El establecimiento de un texto confiable es el trabajo de la erudición científica. El Espíritu Santo estaba activo en la producción de los documentos bíblicos en una manera diferente a la de su preservación y recuperación. Cuando buscamos un buen texto, la piedad y la devoción nunca pueden tomar el lugar del conocimiento y del examen académico. No se puede solucionar un problema de variantes textuales divergentes mediante la oración o por la iluminación del Espíritu Santo, sino sólo mediante el conocimiento amplio y la habilidad de la ciencia de la critica textual.

En conclusión, nuestra búsqueda para establecer un texto confiable ilustra la necesidad de la crítica como un todo y su papel en el estudio de la Biblia. La crítica es necesaria porque Dios se ha revelado y ha dado a los hombres su Palabra reveladora por medio de personajes, eventos y procesos históricos. La crítica considera los asuntos que surgen inevitablemente por la dimensión histórica de la Palabra de Dios. Admitimos que estaríamos ante una situación mucho más simple y fácil si la Biblia hubiera sido entregada en forma mágica; pero ese no fue el camino elegido por Dios.

Las palabras de Jesucristo son Palabra de Dios por excelencia. En el N. T. se mencionan, de un lado, «la palabra del Señor» (Mt 26,75; Lu 22,61; lo 7,36; Hch 11,16; 1Cor 7,10.12.25; 1Tes 4,15, ), en cuanto dichos o sentencias particulares de Jesús (ipsissima verba Christi). En otros casos, menos frecuentes, se llama «palabra de Jesús» o «del Señor» a su predicación o doctrina, tomada en general (Mc 2,2; 4,33; Lc 5,1; Hch 10,36). En uno y otro caso, la «palabra del Señor» tiene una autoridad incontestable. No hay distinción en el N. T. entre la autoridad de las «ipsissima verba Christi», es decir, conservadas literalmente, y la «palabra del Señor» testimoniada por los Apóstoles no como literal, sino como doctrina general auténticamente predicada.

En los primeros años, los cristianos no disponían de unos escritos en los que se hubieran fijado las «palabras del Señor» (v. EVANGELIOS). Tampoco existe en los primeros cristianos una preocupación por la reproducción literal de la «ipsissima vox Iesu», en contra de lo que se nota hoy día entre algunos estudiosos protestantes: los primeros cristianos, como los católicos de hoy, prestan a los Apóstoles plena fe de ser los «ministros de la palabra» (Lc 1,2), enviados por el mismo Cristo (Mt 28,19-20) para enseñar y predicar lo que Jesús hizo y dijo fiel, auténtica y autorizadamente (Mc 16,15.20; Dei Verbum, n. 19). El protestantismo al no aceptar esa autoridad del Magisterio y de la Tradición de la Iglesia, busca afanosa y casi dramáticamente la reconstrucción literal de las exactas palabras de Jesús por procedimientos histórico-críticos. Como si esas ipsissima verba de Jesús fuesen la única fuente de Revelación auténtica, no contaminada por «interpretaciones» humanas: tesis abiertamente negadora del principio incontestable de la misión magisterial de los Apóstoles y de la misma Iglesia.

José Luis Ferrando Lada