El hombre al encuentro de Dios

El hombre al encuentro de Dios

EL CANON BÍBLICO

La Biblia es, y así fue considerada desde un principio, la regla de fe y vida para los cristianos; de ahí que empezara muy pronto a llamarse canon al conjunto de los libros que la Iglesia consideraba como inspirados.

Puede decirse que a partir del s. IV, la terminología cristiana denominó canon bíblico al conjunto de los escritos sagrados de la religión israelita y cristiana que forman el Antiguo y Nuevo Testamento. Es decir que, afirmada la existencia de libros sagrados inspirados, que tienen a Dios por autor en cuanto que fueron escritos bajo la moción del Espíritu Santo, el canon bíblico es la determinación de cuáles y cuántos son esos libros inspirados.

Esa determinación sólo puede hacerla la Iglesia, que tiene certeza de la inspiración divina de los libros por la Revelación divina misma que los ha entregado a ella como tales. Aunque la palabra canonicidad hace referencia a una declaración hecha por la Iglesia, presupone un hecho que se refiere a la naturaleza de los libros mismos, objeto de esa declaración: la inspiración. Los libros canónicos son libros inspirados: la “canonicidad es el reconocimiento de la inspiración”. De ahí que suela decirse: “Dios inspira el libro, la Iglesia lo canoniza”.

La canonicidad e inspiración de los libros que componen la Biblia es firmado desde los primeros tiempos de la Iglesia y “dogma de fe” proclamado por el Concilio de Trento y el Vaticano I.

El canon de la Escritura

Llamamos canon de la Escritura o canon bíblico a la lista, catálogo o colección de libros que la Iglesia ha declarado como inspirados y que reciben con especial veneración en virtud de su origen divino.

Según esto, se llama libro canónico, en sentido bíblico, a aquel libro que:

- es tenido en la Iglesia por regla (kanon) de fe y costumbres (dogma y moral),

- porque está inspirado por Dios,

- y, en cuanto tal, ha sido entregado a la misma Iglesia.

Para entender el significado de la palabra regla ( kanón, en griego ) hay que conocer que: La palabra kanón probablemente viene de la palabra semita “QANEH”, קָנֶה que significa caña, vara recta.

- En literatura clásica, canon, significa vara recta para sostener derecha una cosa y, de ahí, derivó su significado a la regla de la que se valían los artífices para medir las cosas o hacerlas rectas.

- En la literatura eclesiástica, para los Santos Padres, canon significa la norma de fe y de verdad, es decir, la doctrina de los Apóstoles. Como esta doctrina de los Apóstoles se manifiesta especialmente en la Sagrada Escritura y en los Concilios. Desde el siglo IV, a los libros de la Biblia se les llamó canónicos; a la colección de libros de la Biblia, canon de la Sagrada Escritura; y a las definiciones dogmáticas de los concilios, canas

Los libros canónicos

Desde una perspectiva católica, los libros del canon pueden ser:

1. Deuterocanónicos: aquellos, de cuya inspiración se duda en alguna iglesia particular o durante algún tiempo. Son 14 en total, 7 del AT y 7 del NT.

Antiguo Testamento: (Tobías, Judit,

Sabiduría, Eclesiástico (Sirácida), Baruc, 1° Macabeos, 2° Macabeos, Daniel y Ester. Éstos últimos algunos fragmentos).

Nuevo Testamento: (Hebreos, Santiago, 2ª Pedro, 2ªJuan, 3ª Juan, Judas y Apocalipsis). También se han considerado como deuterocanónicos los versículos Mc 16, 9-20; Lc 22, 43; Jn 8, 1-11. 8

2. Protocanónicos: aquellos, de cuya canonicidad no se ha dudado nunca y, además, en ninguna iglesia particular. Son todos los no citados en el apartado anterior.

Canon judío y canon católico

Constituido Israel en pueblo escogido se preocupó de escribir sus leyes, su historia y el mensaje de los profetas. Surgieron así libros históricos, en los que se narra la vida de los Patriarcas, la obra de Moisés hasta el asentamiento en Palestina; la formación de la monarquía israelita, y su plenitud con David y Salomón y su posterior decadencia. Estos libros son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio (que componen el Pentateuco), Josué, Jueces, Rut, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes.

Junto a la literatura histórica surge la profética.

El primer profeta escritor fue probablemente Amós, en el s. VIII, al que siguen tres series cronológicas, hasta el periodo persa: Amós, Oseas, Miqueas, Isaías en el s. VIII; Sofonías, Nahum, Habacuc, Jeremías en los s. VII-VI; Ezequiel y el Déutero-Isaías en el Destierro; Ageo, Zacarías, Malaquías, Jonás, Joel, Abdías en los s.VII-V.

No obstante, parte de oráculos proféticos (Elías y Eliseo) está incluida en los libros históricos.

Una forma literaria típica de los últimos tiempos del judaísmo fue la apocalíptica, que tiene su modelo en el Libro de Daniel.

En el periodo después del Exilio, aparece otra forma de expresión literaria que es la sapiencial, cuyos orígenes se remontan a Salomón y que incluyen: Proverbios, Job, Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría y el Libro de los Salmos. Y también se reanuda la actividad historiográfica mediante la composición del segundo grupo de libros históricos, Tobías, Ester y Judit y los de inspiración sacerdotal: 1 y 2 Crónicas y Esdras-Nehemías en la segunda mitad del s. III, que terminan con los libros de los Macabeos.

La literatura apocalíptica es típica de los últimos tiempos del judaísmo, que tiene su modelo en el Libro de Daniel, pero hay muchos más.

No nombramos un gran conjunto de literatura extracanónica que surgió en Qumrán, en Alejandría y la Diáspora. Por ello, también los judíos tuvieran que discernir cuales eran los libros de inspiración divina. Un criterio que aplicaron era que estuviesen escritos en hebreo (la lengua que habla Dios). Otro criterio et los que hacían referencia al Templo o a los sacerdotes, puesto que el templo había sido destruido.

Hay dos cánones:

El canon de Palestina: contiene los libros que utilizaban los judíos de Palestina. En concreto, son los protocanónicos del Antiguo Testamento más, el 3º y 4° de los Macabeos y las Odas. Estos tres últimos no los admite el canon católico.

El canon alejandrino: son los que usaban los judíos helénicos, los de la Diáspora. En concreto, son los protocanónicos y los deuterocanónicos del Antiguo Testamento.

Una decisión oficial no se dio en el judaísmo hasta el famoso Sínodo de Yamnia (Yabne) por los años 95-100.

El canon católico del A.T.

Jesucristo y los Apóstoles utilizaron y citaron los libros de la Biblia hebrea, considerándolos «palabra de Dios» (Mc 7,13; Rom 3,2), esto es: como libros inspirados, de origen divino; y lo expresaron con diversas fórmulas: lo que «está escrito» o «se halla escrito» ha de verificarse (Mt 21,42; 26,24.31.54.56; Lc 4,21; 18,31; Jn 5,34-39; etc.), «predijo el Espíritu por boca de David» (Act 1,16; 3 ,18.21), «Dios que por sus profetas había prometido en las santas Escrituras» (Rm 1,2), «bien habló el Espíritu Santo por el profeta Isaías» (Hch 28,25). Las citas explícitas que aparecen son de los libros incluidos en la Biblia palestinense, de los libros protocanónicos, pero que al estar tomadas para el Nuevo Testamento, escrito ya en griego, proceden de la Biblia griega alejandrina de los Setenta, que incluye también los deuterocanónicos, los cuales, aunque no se citan explícitamente, son aludidos en diversas ocasiones.

Por eso, la Iglesia, siguiendo este uso apostólico y reconociendo su valor normativo, recibió desde el principio como inspirados tanto a los libros protocanónicos como a los deuterocanónicos.

Canon Protestante, seguido por los protestantes, del Antiguo Testamento admiten sólo los 39 libros del canon palestinense, y para el Nuevo Testamento admiten los 27 libros del mismo. El total 66 libros.

El canon del Nuevo Testamento

Como punto de partida, hay que tener en cuenta:

1. En tiempos de Cristo, existía entre los judíos una firme persuasión, aprobada por el mismo Cristo y por los apóstoles, de que los libros del Antiguo Testamento estaban inspirados por Dios y, por tanto, divinos.

2. Los primeros cristianos, las comunidades primitivas, tenían la misma veneración a las cartas y escritos de los apóstoles que los judíos, Cristo y los apóstoles tenían a los libros del Antiguo Testamento.

3. Más aún, los mismos apóstoles mandan que sus cartas sean leídas públicamente (Tes 5,27; Ap 1,3 ) y que se leyeran en otras iglesias ( Col 4,16 ).

No consta que Cristo escribiera o mandara escribir a los apóstoles. Les mandó predicar, cosa que hicieron. Este fue el período de la " catequesis oral".

Pocos años después, surgieron ya intentos de escribir la vida y doctrina del Señor. Una amplia mayoría de autores formulan como hipótesis la posibilidad de que lo primero que existieran fueran algunas colecciones de frases o dichos del Señor (Logia), acompañadas de breves relatos. Luego una serie complementaria conocida como Fuente Q (de Quelle), que juntamente con el evangelio de Marcos formarían el núcleo primero de la tradición sinóptica.

La tradición sitúa también muy en los comienzos el evangelio arameo de Mateo traducido muy pronto al griego y completado. Lucas en el prólogo de su Evangelio (Lc 1,1) menciona que existen varios intentos de narrar los hechos del Señor. Hacia el año 51, san Pablo escribe las dos Epístolas a los Tesalonicenses, seguidas del resto de sus Cartas, que acaban hacia el año 67 con las llamadas Pastorales.

Es muy posible que hacia el año 70, aparecieran ya en su forma definitiva los Evangelios llamados Sinópticos (Mt, Mc. Lc). Poco después se completaría la serie con los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas llamadas Católicas (Santiago; 1 y 2 de Pedro; 1, 2 y 3 de Juan y la de Judas).

San Juan compone hacia el año 100 su Evangelio.

En el ambiente de las primeras persecuciones se redacta el Apocalipsis de S. Juan.

En este periodo de la primera generación cristiana surgen también otros escritos cristianos tales como: las epístolas de S. Clemente, la Didajé, la epístola de Bernabé, etc.

Junto a esta literatura empieza una abundante producción apócrifa y herética que obligará a la Iglesia a señalar los límites de los escritos verdaderamente sagrados e inspirados de la generación apostólica. También aquí, como ocurrió en Israel, nos encontramos una literatura cristiana amplia, más extensa que la específicamente canónica. La Iglesia, con el tiempo, fue recibiendo algunos libros como inspirados, distinguiéndolos netamente de los demás.

Breve historia del canon del Nuevo Testamento

Los Santos Padres de la época de los apóstoles tenían una gran veneración a los Evangelios y demás escritos de los apóstoles.

El Papa S. Clemente Romano, hacia el año 96 de nuestra era, en su carta primera a los Corintios, les decía: “Tomad en vuestras manos la epístola del bienaventurado Pablo apóstol. ¿Qué os escribió entonces cuando se publicaba por primera vez el evangelio? Verdaderamente os escribió bajo inspiración divina”.

S. Ignacio de Antioquía equiparaba el Evangelio a la Ley y los Profetas, al decir:

“Atended a los Profetas, principalmente al Evangelio” .

S. Justino, apologista (murió el año 163), escribe que en los domingos se leían en las iglesias los Evangelios y los Profetas, equiparando de este modo los Evangelios a los demás escritos inspirados.

Entre el siglo II y el IV, se hallan ya documentos claros de la canonicidad de los libros del Nuevo Testamento. entre las listas que se hacían de los libros, está el famoso Canon de Muratori de fines del s. II (descubierto en 1740), que divide la literatura cristiana primitiva en cuatro series:

1) Libros tenidos por todos como sagrados, y como tales leídos públicamente en las iglesias; los 4 Evangelios, 13 Epístolas de S. Pablo (falta Hebreos), de las Epístolas Católicas sólo 1 y 2 Juan, Judas, probablemente 1 y 2 Pedro, y el Apocalipsis;

2) Libros no tenidos par todos como sagrados y que no deben ser leídos públicamente en las Iglesias (Apocalipsis de S. Pedro);

3) Libros de lectura privada, que no es lícito leer en las Iglesias (Pastor de Hermas); 4) Libros que la Iglesia no puede recibir (literatura apócrifa y gnóstica).

Libros apócrifos

Apócrifo quiere decir oculto; se dice de una cosa sustraída a la vista, escondida, secreta. Para los católicos, libro apócrifo es libro no canónico.

Los escritos apócrifos del Antiguo Testamento se deben al deseo de agregar a la Ley nuevas tradiciones o exhortaciones morales, y completar la historia bíblica.

Los libros apócrifos del Nuevo Testamento fueron escritos por cristianos. La mayor parte de las veces, quería satisfacer la curiosidad de los fieles y narraban muchas cosas, piadosas, o pueriles, acerca de la infancia de Cristo, de su vida pública, del nacimiento de la Virgen, etc.. Los escritos por herejes proponían o justificaban los errores de su secta. Estos libros apócrifos pretendían pasar como canónicos, pero la Iglesia no los ha reconocido como tales.

Algunos de los libros apócrifos son los siguientes:

1. Del Antiguo Testamento: el libros de los Jubileos, los libros III y IV de Esdras, la oración de Manasés, los libros III y IV de los Macabeos, los Salmos y las Odas de Salomón, el libro de Henoc, los oráculos de las Sibilas...

2. Del Nuevo Testamento: el Protoevangelio de Santiago, el Tránsito de María, las Actas de Pablo, el Evangelio según los Hebreos, la Carta de nuestro Señor Jesucristo a Abgaro...

¿Es posible que se hayan perdido libros sagrados?.

A esta pregunta hay que responder que, si tal libro no era de utilidad para la Iglesia, no parece imposible su pérdida antes de establecerse el canon. De hecho, en el Nuevo Testamento se habla de una carta a la Iglesia de Laodicea, que se ha perdido y que, tal vez, era libro sagrado. Después de declarar la canonicidad, no se ha perdido ningún libro.

2. Si se hallara hoy algún libro supuestamente inspirado, ¿podría añadirse al canon católico? La respuesta es negativa, si se trata de libros posteriores a los apóstoles, porque la Revelación terminó con la muerte del último apóstol. Si, por el contrario, se tratara de libros anteriores a la muerte del último apóstol, como la carta a los de Laodicea, sería posible agregarlos al canon, si así lo decretara la autoridad eclesiástica tras detenido estudio.

¿EN QUÉ LENGUAS ESTÁ ESCRITA LA BIBLIA?

El Nuevo Testamento está escrito en griego; pero no en la lengua clásica de Platón y Aristóteles (siglo V a.C.), sino en la forma popular del griego hablado en el siglo I. Esta modalidad del griego se denomina koiné, o lengua habitual. Éste detalle es muy importante. El NT no se redactó en un estilo que sólo pudieran comprender los intelectuales, se escribió en el habla normal del pueblo para que pudiera entenderlo cualquier persona.

El Antiguo Testamento está escrito en tres lenguas: Hebreo, Arameo y Griego. El texto arameo se reduce a unos pocos pasajes (Dn 2,4 - 7,28; Esd 4,8-6,18; 7,12-26), y varias palabras desperdigadas entre los diversos libros. Algunos libros aparecen en griego: Judit, Tobías, 1 y 2 de Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, Carta de Jeremías, y algunos fragmentos de Daniel y Ester. El resto de los libros está redactado en hebreo.

Las conquistas de Alejandro Magno (336-323 a.C.) extendieron por Oriente el uso del griego. En la ciudad de Alejandría (Egipto), entre los siglos III-I a.C., el texto hebreo del AT fue traducido por los judíos a la lengua griega. Esta traducción se denomina ‘Traducción de los Setenta’ o Septuaginta. Las primeras comunidades cristianas, cuando leían el AT, no leían habitualmente el texto hebreo, leían la Traducción de los Setenta. El Imperio Romano difundió en Occidente la lengua latina. Los cristianos se apresuraron a traducir la Biblia griega al latín; la traducción del griego al latín, se conoce como Vetus Latina, fue utilizada por los padres latinos, entre ellos s. Agustín (354-430).

Por encargo del Papa Dámaso, S. Jerónimo (342-420) emprendió la traducción de la Biblia al latín partiendo de las lenguas originales. Esta traducción a la lengua latina desde el hebreo, arameo y griego se denomina Vulgata. El Concilio de Trento adoptó oficialmente el texto de la Vulgata, y los Papas Sixto V y Clemente VIII la editaron con esmero (1592).

Hasta la celebración del Concilio Vaticano II, el texto de la Vulgata se utilizaba oficialmente en la liturgia. Como sabemos, el Concilio promovió la celebración de la liturgia en lengua vernácula y alentó la traducción de la Biblia desde las lenguas originales (hebreo, arameo, griego); por esa razón, las ediciones bíblicas que leemos son traducciones de los textos originales. Estamos, pues, en la mejor situación para leer la Escritura y meditar la Palabra de Dios.

José Luis Ferrando Lada