punto de encuentro con la Vida

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL LUNES 24 DE JUNIO

Lc 1, 57–66. 80. “la mano del Señor estaba con él”.

La figura de Juan y su nacimiento están acompañados de una serie de signos que nos indican la importante misión que va a desarrollar. El nacimiento de una nueva vida siempre es un signo de la misericordia de Dios, pero más cuando las circunstancias parece que lo hacían imposible. La costumbre en Israel era que los hijos llevaran el nombre del padre, pero Zacarías dice que el niño se va a llamar Juan. Este nombre nos habla de la fidelidad de Dios. El padre, que había dudado de la posibilidad de concebir un hijo, ahora bendice a Dios. Todo nos indica, desde su concepción y nacimiento, que Juan va a tener un papel fundamental, porque la mano de Dios está con él. Dios está con nosotros y, por eso, también nosotros estamos llamados a ser testigos de su amor y de su fidelidad.

Amado Francisco Pau


Reflexión ofrecida por Verbum Dei

Fano: "Tras comulgar, somos custodias vivas llevando a Jesús"

dibujo semanal de Fano

Pan partido y repartido - El Cuerpo y la Sangre de Cristo

DIFERENTES PERSPECTIVAS

La misma realidad muchas veces cambia totalmente dependiendo de cómo nos situemos para admirarla; os comparto un ejemplo que a mí me ha ayudado mucho a la hora de juzgar hechos, circunstancias y personas.

No vale mirar desde fuera y sin mojarse: ese “no mojarse” desautoriza desde ya tu opinión. Hay que meterse en el pellejo del otro para poder barruntar un poco sus sentimientos, sus agobios, sus preocupaciones, su intención… Hay que mirar las cosas desde dentro. Eso da una perspectiva y una visión diferente. El P. Raniero Cantalamessa utiliza una imagen bellísima refrendando esta idea: explica que si entramos en una de esas bellísimas catedrales góticas -que tienen unas vidrieras maravillosas- y contemplamos desde dentro de la catedral la vidriera, quedamos extasiados ante su belleza, ante semejante fiesta de luz, de color, de trasparencia, de brillo… Y nos parece la cosa más espectacular y más bonita. Viéndola desde dentro, se disfruta y se goza de la belleza de esa vidriera.

Pero esa misma vidriera, si la contemplamos desde la calle, desde el exterior del templo, es horrorosa. Primero no se sabe si es una vidriera o qué cosa es. Desde fuera se aprecia un conjunto negro de hierro, un montón de junturas de plomo… algo que parecen ser cristales pero… se ven de un gris oscuro feo y desabrido… todos iguales, no se aprecian colores, ni apenas formas… sólo un montón de hierros y tiras de plomo que parecen enmarañados y sin orden ni concierto… Así se aprecia una vidriera desde fuera.

Sin embargo, si un minuto después entras dentro de la catedral y la contemplas desde dentro, es cuando te admiras de la verdad de esa vidriera. ¿Por qué? Porque está creada para ser contemplada desde dentro del templo, no desde fuera. Si la contemplamos desde fuera, no vamos a percibir su belleza, sino lo fea que parece. Percibiremos únicamente lo externo, que nos desagrada, que… no tiene coherencia ni sentido, ni mucho menos belleza. Y, si la juzgamos desde fuera, nos vamos a equivocar totalmente.

Hay que entrar dentro de cada persona, dentro de cada templo vivo y tratar de contemplarlo como es en realidad, en su esencia íntima y más profunda. Huyamos de la superficialidad, que somos muy torpes y estamos muy acostumbrados a mirar desde fuera, a no ahondar, a juzgar a la ligera… y enseguida, dictaminamos: “¡Qué feo!… ¡No me gusta!… ¡qué cosa más espantosa!…” y nos quedamos tan convencidos…

Hay que entrar dentro, dentro de la historia de cada ser humano, con cuidado, con muchísimo respeto, de puntillas… Y desde dentro, con misericordia y amor, contemplar ese templo para disfrutar y asombrarnos de toda su belleza.

Eso tenemos que hacerlo siempre, con todos. No nos podemos permitir el lujo -que más que lujo, es necedad- de mirarlos desde fuera y decir que son feos: intenta entrar dentro de ese templo que es tu hermano, de puntillas, con suma reverencia, y admírate de su belleza interior. Y, si desde el exterior no ves esta belleza, no dudes que la tiene. El que tú no la veas no significa que no la tenga, sino más bien que a ti te falta amor para apreciarla.

Examinémonos en esto ¿cómo miramos a las personas? ¿y las circunstancias de la vida? ¿fríamente y desde fuera, o intentamos ponernos en el lugar de los otros, calzar sus zapatos y meternos en su pellejo? ¿intentamos que nos duela lo que a ellos les duele para poder mejor comprender?

Madre Olga María