punto de encuentro con la Vida

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL SÁBADO 23 DE MARZO

Lc 15, 1–3. 11–32. “Se levantó y vino a donde estaba su padre”.

La conversión del hijo está marcada por un momento concreto en el que uno se levanta y camina en dirección al padre, a Dios. Hasta ese momento se ha dejado llevar por el egoísmo, por la búsqueda de placer, por el derroche de sus bienes. Todo ello le ha llevado a degradar su humanidad de tal manera que vive como un animal, comiendo las algarrobas de los cerdos, y ha perdido su conciencia de condición de hijo. Pero algo en su interior le recuerda la bondad de su padre y quiere volver a él para ser tratado aunque sea como un siervo. Hasta aquí todo responde a la lógica humana. Lo que nos rompe el corazón y nos sorprende enormemente es la reacción del padre. Todo es amor, acogida, perdón… Ni una palabra de reproche. Su gozo es que el hijo perdido ha sido recuperado.

Amado Francisco Pau


Reflexión ofrecida por Verbum Dei

CHARLAS SAGRADA ESCRITURA

EVANGELIO DE SAN LUCAS

Ponente: D. José Luis Ferrando. Profesor de Sagrada Escritura

DOMINGO 7 DE ABRIL. Después de la Eucaristía de las 19:00h

Fano: "III Domingo de Cuaresma"

dibujo semanal de Fano

La historia del milagro que permitió la canonización de Oscar Romero

UNIDAD Y HUMANIDAD

Acabo de regresar de Roma y creo que, simplemente, voy a compartir con vosotros, amigos lectores, los sentimientos de mi corazón. Hay algo que experimento siempre -como católica y como ser humano- cuando visito la Ciudad Eterna: la universalidad y la diversidad en medio de una profunda unidad.

Roma es -probablemente- el lugar del mundo en el que confluyen más nacionalidades y culturas diferentes: allí acuden hombres “de toda raza, lengua, pueblo y nación” y sin perder la propia identidad, se adentran en otra identidad aún más grande y unificadora que el lugar de nacimiento, el idioma o la raza: la fe que une y aglutina y derriba diferencias y fronteras.

Con esto no intento hacer proselitismo, ni convenceros de que ser católico es lo mejor de lo mejor… Cuando empecé a escribir estos articulillos di mi palabra de que nunca haría eso, y lo mantengo, pero sí que necesito compartir esta experiencia y poneros delante ese ejemplo maravilloso de unidad y universalidad: ¡no es una utopía! ¡es posible! Pero para ello es necesario salir del estrecho marcho de mí mismo y comprobar que -más allá de mí y de mis inquietudes, preocupaciones, agobios y problemas- existen y respiran otros seres humanos semejantes a mí, que también llevan en sí mismos vida… es decir, todo aquello que es parte de la naturaleza humana: anhelos, preocupaciones, deseos, temores… Todo eso nunca debería ser un obstáculo, algo que nos empujara al individualismo y a encerrarnos en nuestro yo, sino a preocuparnos de “resolver” -por decirlo de alguna manera- la situación y los problemas de los otros.

Creo que es importantísimo abrir el corazón y la mente; si lo hacemos, de pronto descubriremos que más allá de la punta de nuestra nariz… ¡hay mundo! Y personas maravillosas que me pueden enriquecer y aportar un montón de cosas positivas y buenas. Va a ser un gran descubrimiento comprender que hay muchísimo por aprender, que casi no sé nada, y que los demás son siempre una fuente de riqueza y una escuela. Y sobre todo… comprender que formar parte de la humanidad es un regalo y una bendición. Antes que nada… ¡seamos humanos! Soy humana, formo parte de la humanidad, de la gran familia humana, y me comprometo cada día a ejercer de ello.

Vayamos por la vida derramando a nuestro paso humanismo del bueno y auténtico, aquel que nos hace cercanos y disponibles a todos y que maneja el lenguaje universal -que en Roma funcionaba muy bien- de la sonrisa y la bondad. Manejemos el aglutinante del respeto para lograr la unidad. Echemos mano de todo aquello que nos recuerde que el ser humano es grande y capaz de la bondad. Conseguir la unidad no es tan difícil, pero requiere una tensión constante: la de anteponer a los demás y “las cosas de los demás” a las mías. Esa es la gran fórmula: “primero los demás y después yo”. Si todos nos uniéramos en ese empeño… la unidad, aún en medio la diversidad sana y necesaria, sería una realidad y nunca un sueño. Pero es necesario ese trabajo constante de anteponer a los demás, de darles siempre prioridad.

M. Olga María, cscj